Recordando




Corría el año cuarenta y siete, y en nuestras carnes aún había reflejos de la Guerra Civil. Mejor dicho, en nuestros estómagos; y, sobre todo, en los que habíamos pasado la contienda en Madrid, pues aún regían las cartillas de racionamiento. Yo hablaba con un muchacho, su madre era de El Hoyo de Pinares y un día me invitaron a conocer el pueblo. Para mí no fue fácil: en esos tiempos, no te permitían viajar con el novio, aunque fuera acompañada de su madre. Después de muchos ruegos, conseguí que me dejaran (¡ojo! iba a casarme ese año, pero los tiempos eran así). Por fin llegó el día, viajamos en tren a Navalperal, después un autocar nos condujo hasta el pueblo y nos apeamos en la Asomadilla, según la madre de mi novio. No puedo describir la emoción que yo sentía, estaba embelesada de tanto paisaje bello y admirable. Pero la sorpresa fue grande: yo no veía pueblo alguno, sólo una casa, la de «tía Eugenia». Como en mi cara se reflejaba la interrogación, dijo mi novio: 

- Ven, para que veas el pueblo. 

Y así fue: al llegar a la escalinata, ante mí, a vista de pájaro, estaba El Hoyo de Pinares. Fue grande la emoción, quedé anonadada, creo que me enamoró el alma. 

Ese mismo año me casé y, a partir de entonces, ya no perdí el contacto con el pueblo. Raro era el año que no veníamos dos o tres veces. Yo acompañaba a mi suegra y casi siempre parábamos en casa de «tío Rey» (su hermano). Al poco tiempo, le rondó la idea de hacer una casa en el pueblo. Yo le aconsejé que la hiciera en la Asomadilla, junto a la de su prima. Aunque a mí me gustaba el pueblo mucho, la naturaleza me atraía: ese paisaje de pinos, ese río entre piedras, el puente romano y, al fondo, la Sierra de Gredos, a mí me cautivaba. Pero la respuesta fue afirmativa: 

- ¡Ajeneros! -nos dijo a mi marido y a mí-, no queréis lo vuestro; yo la haré donde fue la de mis padres. 

Y así fue, entre la calle de La Piedra y la de Buenavista, se levantó la casa. Recuerdo el día que vinimos a contratar al albañil o maestro de obras, Tomás «el Pipe», así era su mote. Su esposa, muy amable, nos dijo que no estaba, pero que no tardaría. Nos condujo a la cocina y, al pasar, yo vi unas estancias grandes con anillas en las paredes; me dijo mi suegra, por lo bajito, que eso era una posada. Estaba situada frente a la iglesia, la recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo. 

¡Cómo lo pasaba yo de bien, recorriendo estos paisajes, tan lindos y poéticos! Íbamos a Cebreros a comprar los efectos para la casa, tal como las pilas de granito, las cocinas de hierro, tazas para los retretes... Parábamos en casa de «la Isabelilla», que nos preparaba unas suculentas comidas. En la sobremesa salió la conversación de la compra. Dijo «el Pipe» a mi suegra: 

 - ¡Mujer!, ¿por qué has comprado tazas de retrete, si no se pueden instalar; tenías que haber hecho un pozo negro. 
 - ¡Anda, pues lo haces! -dijo mi suegra. 
 - ¡Pero cómo!, si para ello hay que barrenar, y ya están cogidas aguas, ¿no ves que los cimientos son piedra pura? 
 - A ver cómo te las arreglas, pero hay que hacer un pozo... 

 Y así fue, no sé cómo, pero el pozo se hizo. 

Un año después, el alcantarillado empezaba a instalarse. A partir de entonces, el pueblo tuvo más dinamismo, venían más veraneantes, pero algunos se marchaban a los ocho días, porque los niños tenían diarrea. A don Obdulio, el médico, y a don Alipio, el practicante, no les faltaba trabajo en esas fechas: al contrario, iban saturados. 

Don Pepe, el boticario, nos animaba, al pasar por nuestra calle al anochecer, cuando venía de pasear por el campo: nos decía que Madrid tenía cinco grados más de temperatura. También nos acompañó para mostrarnos fuentes como la de «El Venero», el cerro «Peñalcón», «Los Molinos», la «Piedra Caballera» y otros muchos paisajes que, de no conocerlos, no hubiéramos disfrutado de ellos. La amistad con don Pepe venía porque todos los años iban a las corridas de San Isidro él y su señora, y se hospedaban en la Pensión Jardín, o sea, en casa de mi suegra. Creo fue uno de los primeros promotores para el veraneante. 

¡Cuántas anécdotas contaría!, pero no quiero extenderme más. Yo fui una de las primeras veraneantes y así sigo: mientras pueda, no dejaré de venir. Mis hijos y mis nietos se crían con mucha salud, gracias a estos aires serranos, impregnados de aromas de resina, tomillo y romero. 

Le quiero con toda mi alma, aunque no es mi pueblo.

Consuelo Murat

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Fuente | Publicado en la revista Kilómero Cero, editada por asociación Cultura Joven, nº 3, invierno 1993. 

Ilustración |  Vista de El Hoyo de Pinares, años 50. Cedida por Juan A. Zabala para la exposición El Hoyo de Pinarres: Imágenes del ayer (1999).