Sabino Organista

Otra vez, la tristeza de despedir a un amigo que, desde años atrás, era una firma habitual en estas páginas. Otra vez, sin embargo, la certeza de que los poetas no mueren nunca del todo, que Sabino nos seguirá hablando siempre con todos los versos que dejó escritos. 


Desde que yo era un adolescente, ya leía con interés y admiración aquellos textos, sin saber de quién eran, porque al principio su autor se ocultaba bajo el pseudónimo de “Montes Pinos”. Cada año, cantaba al pueblo, a cada rincón entrañable, a cada paisaje. Sus versos recordaban las ruinas de los antiguos molinos y las hermosas cascadas, el paisaje del río Las Palizas, los viñedos, las montañas... En uno de sus mejores poemas, imaginó al viejo puente, sumergido bajo el pantano, quejándose (yo luego le tomé prestada esta misma imagen para un cuento), pidiendo salir a la superficie: 

(...) Soy una joya del arte 
que valgo mi peso en oro, 
yo soy de El Hoyo un tesoro 
abandonado a mi suerte. 
Quiero salir de este ambiente 
donde me siento empapado, 
pues estoy ya tan mojado 
que mi cuerpo se resiente. 
Quiero volver nuevamente 
a los espacios abiertos; 
el dialogar con los vientos 
es para mí un aliciente. 
Quiero estar entre mi gente 
y abrir, otra vez, caminos. 
¡Quiero ver a mis vecinos, 
alegres, cruzar su puente! 

Otras veces hablaba del carácter de las gentes de El Hoyo de Pinares, que “hacen amistad sin recurrir al halago”. También en uno de sus poemas, evocó la evolución experimentada por el pueblo en el trascurso de los años: 

(...) Antaño, sus moradores 
vivían en las cabañas 
y eran de oficio pastores 
y su ganado eran cabras. 
Más tarde, fueron sembrando, 
muy cerca de sus majadas, 
unos pobres huertecillos, 
llamados de “La Solana”. 
Cansados ya los hoyancos 
de no tener casi nada, 
plantaron unos viñedos, 
con picos y con azadas. 
Después de muchos trabajos 
y de fatigas sin tasa, 
pudieron beber el vino 
de sus uvitas garnachas. 
Con un clima siempre adverso 
y en tierras tan escarpadas, 
con los arados romanos 
sembraron trigo y cebada. 
Pasaron aquellos tiempos 
de sembrar en las quebradas, 
y de los viejos arados 
 no queda más que nostalgia.(..) 
El Hoyo es un pueblo nuevo, 
un pueblo feliz y en marcha; 
un pueblo que no le importa 
trabajar en lo que salga. 
Aquí se trabaja el hierro, 
aquí las piedras se labran, 
se hacen muebles castellanos 
y guantes para las damas. 
Hay pintores, fontaneros, 
 albañiles e industriales, 
 y los buenos piñoneros 
son de El Hoyo de Pinares. 

Cuando me invitaron a publicar por vez primera en estas páginas, supe por fin quién estaba detrás de esa firma y me quedé gratamente sorprendido. Resultaba increíble que alguien que, lamentablemente, no había tenido acceso a una elevada formación, escribiera así de bien, tuviera ese sentido no sólo de la rima, sino de la métrica, del ritmo, de la estructura... Y que diera ese fondo a sus creaciones, porque no sólo versificaba, sino que todo lo que redactaba tenía su sentido y su mensaje. Con la sencillez que le caracterizaba, nos hacía llegar sus atinadas reflexiones sobre los valores humanos: 

(...) ¿No es mejor ir por la vida 
dando a las gentes amor, 
quitar, si puede, el dolor 
cuando alguien tiene una herida? 
¿No es mejor ser indulgente, 
compasivo y generoso, 
que ser un hombre ambicioso 
enfrentado con la gente? (...) 

Agradable conversador, Sabino tenía esa rústica sabiduría que es un auténtico gozo encontrar. Siempre tenía propuestas para mejorar su pueblo y durante más de dos décadas fue dejándonos escritos consejos para cuidar el entorno natural, sugerencias para embellecer el casco urbano con jardines, o su aliento a los más jóvenes para aumentar la cultura del municipio. 

Cuando comenzó la lucha para que la Educación Secundaria Obligatoria se impartiese en El Hoyo de Pinares, Sabino llegó espontáneamente a la manifestación, con su poema bajo el brazo, para apoyar esa petición de su pueblo como él sabía hacerlo mejor: con sus versos. 

En 1995 desde el Ayuntamiento le invitamos a que fuese el pregonero de fiestas y así tuvimos ocasión de rendirle públicamente un modesto homenaje institucional y popular. Él realmente ya había escrito su pregón poético muchos años antes: 

Pueblo que me vio nacer, 
yo con locura te quiero, 
por eso tu pregonero 
por el mundo quiero ser. 
Quiero pregonar tus dones, 
callar tus muchos defectos, 
 no quiero oír tus lamentos 
ni escuchar tus frustraciones. (...) 
Yo quiero verte crecer, 
quiero verte prosperar, 
quiero verte caminar, 
mas nunca retroceder. (...) 

En alguna de las últimas conversaciones, me comentaba que tenía la ilusión de recopilar y publicar sus poemas de estos años en una pequeña edición. Murió sin poder llevarlo a cabo, pero espero y deseo que podamos dar cumplimiento a esta voluntad; creo que es un compromiso moral que tenemos contraído. 

Se nos fue el año pasado en San Miguel, precisamente el día del patrón de este pueblo al que tanto quiso. Teresa Beltrán dejó junto a él una flor y unos versos, porque, como acertadamente dijo, así corresponde despedir a un poeta. 

Carlos Javier Galán
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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2001.
Ilustración | Fotografía de Sabino Organista, por Manuel Tabasco, Diario de Ávila.