EL PRIMER MUERTO EN LAS OBRAS DE CUELGAMUROS FUE EL BARRENERO ALBERTO PÉREZ ALONSO, NATURAL DE EL HOYO DE PINARES
Aunque la pandemia lo haya dejado muy atrás en la memoria, sin duda recordarán que en 2019 asistimos a una intensa polémica por la exhumación de los restos de Francisco Franco. En aquel contexto, mi hermana me envió un fragmento de un documental emitido por Telemadrid el 15 de febrero. En la escena aparecía un octogenario, Fernando Taguas, del que más tarde sabría que llegó con sólo siete años de edad al Valle de los Caídos, donde trabajaba su padre, y que él mismo estuvo luego empleado allí como cantero largo tiempo. Al referirse a los accidentes mortales acaecidos en las obras, afirmaba, para mi sorpresa: “El primero que me consta a mí que murió en el Valle era de El Hoyo de Pinares”.El documental no contenía más
referencias al suceso y ni Tere ni yo habíamos oído hablar jamás a nadie del
pueblo de ese hecho, ni siquiera teníamos noticia de la presencia de hoyancos
en la construcción del conjunto monumental. Tan solo ese dato.
El nombre de ese primer
accidentado y de su viuda los encontraría, algunos meses después, en el libro Los
presos del Valle de los Caídos, del que es autor el historiador Alberto
Bárcena Pérez. Ahí comenzaron mis indagaciones para dar con descendientes de
aquel matrimonio y poder conocer sus recuerdos. Así fue como contacté con una
parte de sus nietos, la familia Pérez Camacho, y pude por fin conversar con uno
de ellos, Alberto.
Alberto se marchó a trabajar a
las obras del Valle de los Caídos como barrenero, en la excavación de la
basílica y la cripta, empleado por una de las empresas adjudicatarias de las
obras.
La decisión de construir este monumento fue del propio Franco, quien eligió su ubicación junto con el General Moscardó. El decreto de 1 de abril de 1940 dispuso que “con objeto de perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada, se elige como lugar de su reposo, donde se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, la finca situada en las vertientes de la Sierra del Guadarrama, término de El Escorial, conocida hasta hoy con el nombre de Cuelga-muros, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias al efecto…”. La terminología utilizada parecía apuntar a que el futuro monumento sería un tributo sólo a los muertos del bando vencedor. Pero las obras se prolongaron en el tiempo y, diecisiete años más tarde, finalizada la guerra mundial con la derrota del Eje y producido el acercamiento entre el régimen de Franco y los Estados Unidos, se había suavizado notablemente aquel discurso del período inmediatamente posterior al fin de la guerra. El decreto de 23 de agosto de 1957 habla ya de que “los lustros de paz que han seguido a la Victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre los españoles. Éste ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz”, por lo que finalmente el complejo albergaría muertos de ambos bandos, aunque ciertamente bajo la simbología política y religiosa del régimen surgido de la contienda.
Las obras fueron dirigidas
inicialmente por el arquitecto Pedro Muguruza, sustituido a su fallecimiento por
Diego Méndez. Se prolongaron desde 1940 hasta 1958 y consistieron en la
construcción de una gran basílica excavada en el Risco de la Nava, una cruz
monumental de 150 metros de altura y una abadía en la parte posterior, que fue
destinada a la comunidad benedictina.
En las obras prestaron servicio trabajadores
contratados por las empresas a las que se encomendaron las distintas fases.
Pero, para avanzar con mayor rapidez, tres años después empezaron a llegar también
presos que, a lo largo de todo el proceso, pudieron alcanzar una cifra en torno
a 2.500, según los estudios más fundamentados. Se les abonaba el mismo salario que
a los obreros libres -con descuento de su manutención- y reducían penas, entre
dos y seis días de condena por cada jornada de trabajo, en función del
comportamiento, por lo que no fueron pocos los reclusos que solicitaron ir a
las obras, a pesar de la dureza de las condiciones de trabajo, para así acortar
sus años en prisión. Una vez cumplida su pena, no resultó infrecuente que
pidieran quedarse trabajando allí, ya como empleados libres.
Como el lugar de trabajo estaba
ubicado en la Sierra de Guadarrama, aislado de núcleos poblacionales y sin
transporte público, las empresas desplazaban a sus trabajadores en vehículos
desde determinados puntos de origen. Pronto se habilitaron barracones de madera
con tejados de zinc para que algunas familias pudieran quedarse a vivir en las
inmediaciones. Otras improvisaron -como ya estaba pasando en los suburbios de
las ciudades- chabolas incontroladas, que más adelante serían derruidas.
Finalmente se construyeron cuatro poblados obreros, con casas de piedra, un
conjunto dotado incluso de un pequeño “hospital”, escuela, iglesia y economato.
Uno de esos poblados se conservó tras la terminación de las obras, con
viviendas ocupadas principalmente por trabajadores de Patrimonio Nacional, y ha
llegado hasta nuestros días.
En un testimonio recogido por Santiago
Cantera, actual abad de la comunidad benedictina del Valle, Fernando Taguas -el
mismo que intervenía en el documental de Telemadrid- recordaba algunos detalles
del accidente de Alberto: “Fue un 5 de enero, justo donde está ahora el coro
de la Basílica. Al capataz se le olvidó el carburo y le mandó a él que lo
recogiera y, cuando estaba recogiéndolo, se le cayó encima un trozo grande de
roca. Mi hermano Paco con otros, tuvieron que trocear el bloque que cayó, para
poder sacarlo”.
Fede, el hijo de Alberto, al
evocar su infancia, aseguraba que el día de Reyes nunca más volvió a ser una
fecha alegre en su casa ni para su familia.
Alberto dejó viuda y cinco hijos,
más otro en camino, pues Jerónima estaba embarazada. El mayor, Federico, tenía
13 años en el momento en que quedó huérfano. Sus hermanos eran José
(familiarmente conocido como Pepe), Margarita (Marga), Luis y Pedro. Después
nacería el hijo póstumo, al que pusieron el nombre de su padre, Alberto.
La familia habitaba una vivienda
de los poblados obreros de Cuelgamuros. Jerónima, la viuda de Alberto, trabajó
como cocinera en el Comedor del Economato que se habilitó.
Los hijos iban a la escuela del
poblado. Fede recordaba que su maestro había sido Gonzalo de Córdoba. Una vez
más es el historiador Alberto Bárcena quién nos proporciona información sobre quién
era ese docente: tras una intensa actividad política previa, Córdoba había
pertenecido al ejército republicano durante la guerra. Terminada la misma, fue
procesado: algunos testimonios se hacían eco de su activismo político pero
afirmaban que no había participado directamente en ningún crimen de sangre,
mientras que otros sí lo acusaban de haber dirigido una checa. En marzo de 1942
fue condenado a muerte, pero en junio el Jefe del Estado conmutó su pena por la
de treinta años de reclusión. Pasó por las prisiones de Porlier y Carabanchel,
hasta que pudo ir a Cuelgamuros, donde vivió con su mujer y cinco hijos y redimió
condena con su trabajo de maestro. Impartió en los poblados la enseñanza
primaria obligatoria a los niños entre seis y catorce años e incluso prestó
apoyo docente a quienes se matriculaban por libre en el Bachillerato en Madrid,
de cuyos buenos resultados se mostraba orgulloso. Cuando alcanzó la libertad,
decidió continuar en el mismo lugar ejerciendo como maestro.
Otros miembros de la familia
política del fallecido, varios hermanos de Jerónima, fueron también a trabajar
y vivir en Cuelgamuros. Por ejemplo, Jesús Díaz Organista fue empleado allí por
la empresa San Román, adjudicataria de la cripta y de otras obras del complejo.
Y consta que la menor, Andrea Díaz Organista, contrajo matrimonio en la propia iglesia
existente en los poblados con Pablo Villena Dueñas, un obrero de la empresa
Huarte que entonces tenía 23 años de edad y que contaba con una hija de cinco
años. Bárcena reproduce en su tesis doctoral un fragmento de la instancia en la
que solicitan una vivienda del poblado al regidor, Faustino de la Banda,
documento cuyo original se conserva en los archivos de Patrimonio Nacional: “(…)
Que teniendo necesidad de una vivienda por contraer matrimonio con su
prometida, Andrea Díaz Organista (…) en la actualidad en Cuelgamuros, el día 20
de Enero de 1952…”. El uso de la vivienda le fue concedido y allí pasaron a
residir los recién casados con la niña.
Federico contaba cómo en su
juventud a veces se iban desde el poblado de Cuelgamuros a las fiestas de los pueblos
cercanos, aprovechando los camiones que transportaban a los obreros de la
empresa Huarte.
En el Valle de los Caídos desarrolló
su actividad laboral hasta la práctica finalización de las obras, dedicándose
el resto de su vida laboral a la profesión de solador, según me cuenta su hijo
Alberto.
Jerónima pasó entonces a vivir en
la madrileña barriada de Fuencarral. Algunos trabajadores de las obras del Valle
-tanto libres como penados-, accedieron a viviendas de protección oficial, la
mayoría en régimen de lo que hoy llamaríamos “alquiler social” aunque luego se facilitaron
opciones de compra. El historiador Alberto Bárcena, en su tesis doctoral y en
su posterior libro, reproduce precisamente la carta conservada en los archivos
de Patrimonio Nacional en los que Jere -como se la conocía familiarmente- se
dirigía al arquitecto director de las obras, Diego Méndez, pidiendo que le
facilitasen una vivienda cuando terminaran las obras, “ya que de no
encontrarla me vería en la calle con mis hijos”. En su misiva explica que
es “la viuda de Alberto Pérez Alonso, que trabajaba como barrenero en la
cripta y en ella murió a consecuencia de accidente de trabajo” y recuerda
que “quedé con seis hijos todos pequeños, ya que el mayor tiene ahora 17
años, y actualmente trabajo de cocinera en el comedor del Economato Obrero del
Valle…”. Según su nieto Alberto, posiblemente alguna otra persona le ayudó
redactándolas entonces, porque recuerda cómo, siendo ya mayor, contaba con
orgullo que estaba aprendiendo entonces a escribir.
Jere murió hace algo más de
veinte años. La trasladaron desde Madrid al cementerio de El Escorial, para que
sus restos reposaran junto a los de su esposo, que recibió sepultura allí tras
el trágico accidente que le costó la vida en el Valle. En el mismo nicho también
está enterrado el menor de los hijos del matrimonio, Alberto.
Una buena parte de los
descendientes de Alberto Pérez y Jerónima Díaz nunca perdió su contacto con El
Hoyo de Pinares. Uno de los hijos, Pepe, tiene aún hoy aquí su segunda
residencia, en la zona de La Perdiguera. Por su parte, Fede y su esposa
Florencia también han tenido viviendas aquí, primero en alquiler, luego ya en
propiedad en la calle La Piedra.
Federico Pérez Díaz era muy conocido
y apreciado en el pueblo, donde mantuvo estrechas amistades. Hace tres años falleció
en el hospital de Ávila y recibió sepultura precisamente en el Cementerio
Municipal de El Hoyo de Pinares.
Yo le conocí personalmente pero, hasta que conversé con su hijo Alberto hace muy poco, nada supe de todas estas vivencias: las de aquel adolescente que quedó huérfano trágicamente en las obras del Valle de los Caídos y que se empleó como cantero, mientras su madre trabajaba como cocinera para sacar adelante en solitario a seis hijos. Nunca pude siquiera sospechar que aquel hombre agradable, con el que me encontraba alguna vez tomando un vino por el pueblo, a menudo acompañado por su amigo y vecino Juan Tabasco (Veguilla), había participado activamente en levantar el impresionante grupo escultórico de los Evangelistas de Ávalos, bajo la cruz que corona el risco de la Nava. Era, como tantos otros hoyancos de su generación, historia viva, de la que ya se nos va escapando.
Carlos Javier Galán




