Paella en Fuentelpino: una historia real. El Hoyo de Pinares, domingo 17 de julio de 1966

Mi padre llegó ayer sábado a nuestro pueblo, El Hoyo de Pinares, en el coche de línea de León Álvarez, aunque para nosotros era el de Antonio y Felipe. Se llamaba Jorge, pero todos le conocían como Pachín, porque estaba casado con mi madre que era Basi la Pachina”. Esta vez se iba a quedar un día más, porque el lunes 18 de julio era fiesta. 

Bajamos todos a la cochera a recibirle, como siempre. Mucha alegría en casa, después de un montón de días sin verle. Antes de irnos, siempre esperábamos para ver como Antonio Chocolate metía en la cochera, y marcha atrás, aquel mostrenco de autocar. Pura magia. 

En aquellos tiempos, un puente largo era una bendición, y más en nuestro caso, porque a mi padre solo le veíamos algún fin de semana, cuando regresaba de su trabajo en Madrid. Además, esta vez venía con la paga extra recién cobrada. Por eso solíamos hacer la paella familiar en estas fechas. Era una vieja costumbre que se venía repitiendo en nuestra casa, desde que yo tengo memoria. 

Amaneció, y el abuelo Venancio (Venancio Pérez Alonso, conocido en el pueblo como Cano), siempre se levantaba muy temprano. Dormía con la ventana de par en par, y “abría el ojo” con los primeros rayos de sol. 

Lo primero era ir a hacer sus necesidades a la vieja “herrén”, siempre con su azadilla al hombro. Era muy pudoroso y no quería que nadie le viese salir, aunque todos sabíamos dónde iba. A veces llevaba un trozo de papel viejo en el bolsillo, y si no, para eso estaban los “cantos” del campo. 
Evidentemente, en aquellos tiempos no había agua corriente, ni desagüe, en nuestra vieja casa de la calle del Pez nº 50. Había que apañarse con barreños, palanganas, cantaros y botijos, y para lo demás, ya estaban los orinales. Traíamos el agua de la fuente que había en unos huertos cercanos (me viene a la memoria el Caño del Moral), o del pozo de nuestros vecinos Lauri y Andrés Merejo, que vivían enfrente. 

En mi familia existía una especie de código no escrito, que consistía en levantarse cuando el abuelo regresaba de su “paseo” al amanecer, y hacía sonar el cerrojo de la pesada puerta. Mi madre se tiraba de la cama para prepararle el desayuno, y daba una gran voz para despertarnos a los demás. Aun lo recuerdo: “Ya está aquí el abuelo. Arriba todos. El desayuno está en la mesa”. A mi madre le gustaba servir el desayuno al abuelo, al que se le guardaba un enorme respeto. 

El abuelo Venancio, era el gran patriarca de la familia. Un hombre cabal, serio, adusto y duro, pero buena persona, honrado y trabajador como el que más. Siempre decía que su palabra era ley, y era la pura verdad. Hablaba poco, pero cuando lo hacía siempre ponía el “punto sobre la i”. 

La vida no le había tratado bien. Sufrió la guerra, perdió su patrimonio, pasó mucha hambre, estuvo en la cárcel por sus ideas, y perdió a su mujer (mi abuela Petronila), demasiado pronto. Tenía cierto nivel cultural y, sobre todo, una conciencia social muy avanzada para su tiempo, y ciertamente incomoda en aquella época. 

Todos le hablábamos de usted, incluyendo a mi padre y a mi madre. Yo le tenía un gran cariño, y el, aunque intentaba disimularlo, me tenía también un aprecio muy especial. Creo que yo era su ojito derecho. 

Después de desayunar pan “migao” y leche de Nica (nuestro vecino el cabrero), comenzaban los preparativos. Mi madre preparaba un gran barreño con la ropa sucia, sobre todo las sabanas y manteles, para llevarla a lavar al rio. Cuando corría la costera, íbamos a lavarla allí, pero como en verano se secaba, había que llevarla al rio. 

Yo estaba muy nervioso. Mi abuelo había prometido enseñarme a pescar. Decía que ya iba teniendo edad. Yo acababa de cumplir 13 años. 

Esa mañana temprano trajo de su paseo una larga caña, y con un cacho de roña de pino que había pulido con la navaja y al que había hecho un agujero por el centro, una pluma de gallina, una tuerca pequeña, un poco de hilo y un pequeño alfiler doblado (yo los llamaba “bonis”), estaba preparando una caña de pescar para mí. Mi primera caña. 

Mi hermano Roberto, como siempre, dando la vara, haciendo mucho ruido, y protestando por todo. Pasaba por una fase en la que se quejaba y chillaba por cualquier cosa. Resulta que a él le apetecía más quedarse con la pandilla en la calle, que venir con la familia al rio. 

Nuestra pandilla, la de la calle del Pez, estaba formada por mi primo Fernando, el hijo de mi tía Tere, por los hijos de Nica y Cata, que eran Rolindo y Juani, y por los de Uge y Lucy, los Chinales, que eran Lucy, Geñi y Emi, y por supuesto, mi hermano Roberto y yo. 

En ocasiones también estaban nuestros primos, los hijos de Jesús y Margarita, y de Santiago y Encarna, pero en verano coincidíamos poco, porque ellos pasaban largas temporadas trabajando en El Quexigal. (Perdón si cambio u olvido algún nombre. Han pasado más de 50 años). 

Mientras preparaban el avío para la paella, metiéndolo en cajas para transportarlo, a mí me mandaron a buscar a mi abuela Amalia, que era la madre de mi padre. Pasaba el verano en la casa de mis tíos Fernando y Carmen, que vivían una calle más abajo. Este año no podían venir, porque estaban en Madrid, ni tampoco mi tía Tere (hermana de mi madre), mi tío Claudio, y mi primo Fernando, porque estaban trabajando en su taller, preparando tripas de cordero para embutir salchichas, chorizos, salchichones, morcillas, etc. Mi madre me contaba que, en años anteriores, también solían venir mi tía Victoria, su marido Casimiro y mi prima Marivi, que ya no estaban en España, porque habían emigrado a Argentina. De eso no tengo ningún recuerdo. 

Sobre las 9 de la mañana echamos a andar, después de repartir los bultos con la comida, la ropa sucia, enseres de limpieza y cocina, el barreño y la paellera. Salíamos pronto, porque el sol pegaba duro. 

Lo primero era subir la enorme cuesta de la Revoltosa, (Fábrica de Hielo y Bar Club), hasta la casa de Leoncio el carpintero. Las escaleras finales eran matadoras. Luego seguíamos por un camino que sale del Cuartel de la Guardia Civil, y va hasta la “Fuentelpino”, que estaba junto al rio, muy cerca del charco de las Golondrinas. Un largo paseo a través del pinar, y todos muy cargados. Recuerdo el arte de mi madre para llevar el barreño en la cabeza sin que se le cayese ni una sola vez. 

Mi abuelo Venancio, que siempre iba en cabeza, nos llevaba a un paso “cochinero” difícil de seguir, sobre todo cuando vas cargado. Siempre pensé que era una forma de “putear” a su consuegra (mi abuela Amalia), que no estaba tan ágil. Llegamos sin novedad. 

Mientras mi madre y mi abuela lavaban la ropa en el rio, y la ponían a secar al sol en las lanchas de piedra, mi padre y mi hermano cogían leña para la paella, y yo recibía mi primera lección de pesca. 

Mi abuelo Venancio montó la caña con un poco de hilo atado a la punta, puso la “pirindola” hecha de la roña de un pino, la pequeña tuerca a modo de plomo, el “boni” doblado como anzuelo, y me dijo: “ven p'acá, y veras cómo te va a gustar". Le puso al anzuelo un bicho muy raro que cogió de las piedras del rio. Más tarde descubrí que se llamaban “gusarapas”. También llevaba un bote con gusanos de carne podrida, que criaba el mismo, y otro con lombrices que cogía del arroyo Valvellido (Varbellío, decíamos nosotros), cuando salía por las mañana. Al principio, aquello me daba un poco de asco y le pedía al abuelo que pusiera él los cebos. 

Qué emoción al sacar mi primer pez. Un enorme cachuelo que tiraba como un demonio. Luego cogimos muchos más, e incluso alguna boga, y algún barbo. Las bogas y los barbos los devolvíamos al rio, porque mi abuelo decía que tenían mal comer, y muchas espinas. A él le gustaban los cachos, porque eran como boquerones. También mi abuelo sacó a mano un buen puñado de cangrejos para la paella, y hasta unas cuantas ranas, poniéndole al hilo de la caña un trapo rojo. Decía que las ancas eran un manjar, pero a mí me daban tanto asco, que nunca llegué a probarlas. El abuelo era un artista. Que lección de supervivencia. 

Mi abuelo Venancio me inculcó esa afición (mejor dicho, esa vocación) que, 50 años después, sigue muy presente en mi vida, y en la de mis hijos y nietos. Una afición que se quedó para siempre. Durante muchísimos años he seguido pescando en ríos y pantanos de toda España, y por supuesto en los de Ávila y de El Hoyo. He viajado muchísimo con Charo (mi mujer) y con mis hijos, Jorge y Alberto, que también se aficionaron a la pesca. Se puede decir que, persiguiendo todo tipo de peces de rio, hemos recorrido a fondo nuestro país. Pero eso lo cuento otro día. 

Vuelvo al día de la paella. Después de las tareas, tocaba un buen baño en las charcas del río para refrescar. Aquel año había agua suficiente, para pescar y bañarse sin problemas. 

A mi hermano y a mí nos daba mucho miedo el agua, sobre todo por las culebras, y nos metían en un barreño dentro de una charca de poco fondo. No aprendí a nadar hasta unos años más tarde, cuando mi padre me pinchó el flotador en la Pililla. 

Mi padre se encargó de la paella. Qué cara de felicidad. Era su mundo, era su sitio. El Hoyo, el pinar, el rio y su familia. Mi madre le ayudaba. 

Nunca olvidaré sus caras de complicidad, de alegría, sus miradas y sus caricias. Daba gusto verlos así, y así siguieron hasta la muerte de mi madre, 35 años después. Recuerdo que mi abuelo Venancio, cuando los veía hacerse arrumacos, protestaba con una especie de tos, que a todos nos hacía reír. 

Luego a comer. Excelente paella con sabor a pinar, conejo de monte, cangrejos de río, y agua de la fuente. Hasta piñones llevaba. Todo cabía en aquella paella. Sabía a gloria. Y de postre sandía, que previamente habíamos puesto al fresco, en un pequeño charco a la sombra. En aquellos tiempos, todo un lujo. 

Durante la comida, hablábamos del pueblo, de los vecinos, de la familia, de los colegios, del trabajo de mi padre, que era fundidor de metales, y de mi madre, que cosía para varias familias. Y siempre en positivo. No teníamos mucho, pero si lo suficiente para comer, estar juntos y sobrevivir. Éramos felices. Muy felices. Que grandes recuerdos de aquellos días. 

En cambio, en mi familia siempre se evitaba cualquier conversación que tuviese que ver con la guerra civil y con la dictadura del General Franco, por no molestar al abuelo. Mi abuela Amalia sacó, sin darse cuenta (o no), el tema de que mañana era 18 de julio, y mi padre “cambió el tercio” de inmediato. Máximo respeto para el abuelo Venancio. 

El 18 de julio era un día aciago para él. Siempre se sintió socialista, y después de la guerra, le metieron en la cárcel por sus ideas, y le quitaron su patrimonio. 

Una mañana (tendría yo unos 18 años), me despertó muy temprano, y me dijo que quería hablar conmigo y que le acompañase a la fuente del Venero, porque notaba que estaba perdiendo la memoria y la lucidez y, antes de morir, quería contarle a alguien de su confianza, todo lo que pasó en aquellos duros años. 

Me contó que le apresaron por la denuncia de algunos familiares y vecinos, y que pasó muchos años encarcelado. También me contó que estuvieron a punto de fusilarle en Madrid y, en el último momento, le salvó la vida un soldado que, casualmente, era vecino de El Hoyo, al que le había tocado luchar en el bando nacional. Le reconoció y le sacó del camión. 

Me hizo jurar que, mientras que el viviese, nunca hablaría de esto con nadie. Y así lo he hecho, hasta hoy, 50 años después. Tomé muchas notas, y aún las guardo. Quizás algún día, me ponga con ello y lo escriba, aunque hace falta ánimo, porque es una larga historia, triste y dura. Además, siempre mantendré la duda de si su relato era cien por cien real, o ya formaba parte de una incipiente perdida de lucidez. 

Volviendo de nuevo al día de la paella (que me voy por los cerros de Úbeda), después de comer, tocaba siesta y digestión. Las consabidas dos horas de reposo. Y luego, baños, pesca y paseos. Cada uno por su lado. Mi padre se tiraba desde la piedra de las Golondrinas, y se quedaba un rato debajo del agua para hacernos sufrir. Que mamón. 

Mi hermano se metió otro baño en el barreño, bajo la supervisión de la abuela Amalia, y yo, junto al abuelo Venancio, me dediqué a sacar peces, que poníamos en un junco, como si fuesen churros. Pescamos tantos, que mi madre los freía al día siguiente, para que mi padre se los llevase en una tartera, para comérselos en Madrid. Antes de anochecer, vuelta a casa, buscando ese punto en el que el sol deja de calentar, pero todavía hay luz. Una luz mágica que se filtraba entre los pinos, y que era el colofón de un gran día. De un día perfecto. 

La vuelta siempre significaba una mezcla de sensaciones. Felices por un gran día en familia, y tristes porque se acababa. 

Por el camino comentábamos que tendríamos que probar algún año a quedarnos a pasar la noche en el rio, a ver si nos gustaba. Pero mi madre siempre decía que ni hablar. Primero, porque le daban miedo los bichos, y después, porque decía que ya había pasado demasiadas noches al raso, y no quería pasar ni una más. Además mi padre necesitaba descansar, porque tenía que regresar a Madrid. 

Después de una larga caminata, cada vez con menos luz, quedaba la bajada por la cuesta de la Revoltosa, que era apoteósica. Que peligro, que mal rato, pero que risas cada vez que había una culada. Y siempre había varias. Recuerdo a mi abuelo diciéndome: no bajes por ahí, que es una eslizandera. Y zas. Cuando llegábamos a casa no podíamos ni con el alma. Siempre llegábamos rendidos. Vaso de leche (cuando había), y a la cama. Fin del día y de la historia. 

P.D. Esta historia es absolutamente real, y recoge recuerdos y momentos de varios años. Tanto las personas como los hechos narrados, han existido y han sucedido. Es una de las historias de mi familia en El Hoyo de Pinares, pero podría ser la historia de muchas familias de nuestro pueblo, en aquellos años.

Nota final. Después de lo sucedido en las últimas semanas, se me saltan las lágrimas al recordar aquellos paisajes, aquel río, aquel bosque, aquel sitio. Estoy seguro de que superaremos esta desgracia, y las generaciones futuras volverán a disfrutar de una naturaleza esplendida en nuestro querido El Hoyo de Pinares. Ánimo, paisanos. 

Jorge Margüenda Pérez

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Fuente  | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2022. 

Ilustraciones : fotografías propiedad del autor: los padres del autor, Basi y Jorge, en la calle del Pez; su abuelo Venancio; la pandilla de la calle del Pez; su familia: con sus padres, su abuelo y su hermano Roberto; su abuela Amalia, su hermano y él en un charco de Fuentelpino; con su padre y su hermano; con su madre, su abuelo y su hermano.