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Jorge Martín, un campeón del mundo con ancestros hoyancos

Era el 17 de noviembre de 2024 cuando, en el circuito barcelonés de Montmeló, el piloto español Jorge Martín, conocido por la afición por su nombre de guerra de Martinator, se alzaba con el título de Campeón del Mundo de Moto GP. Culminaba así una brillante temporada en la que consiguió superar a rivales de todo el mundo y especialmente ganar el pulso al italiano Pecco Bagnaia. 

En 2023 ya había sido subcampeón mundial y, entre lágrimas, en la última carrera en la que la suerte le fue esquiva, prometió no rendirse y que lo lograría al año siguiente. Y vaya si lo hizo. Era el quinto español en la historia que lograba el título mundial -tras Alex Crivillé, Jorge Lorenzo, Marc Márquez y Joan Mir-, pero el primero que lo hacía desde una escudería satélite y no de fábrica -en este caso el equipo Prima Pramac Racing-. Jorge Martín, a bordo de una Ducati, fue líder durante casi toda la temporada, acumulando 3 victorias -Portugal, Francia e Indonesia-, 7 victorias sprint, 15 poles … y cosechando el amplio margen que le permitió alzarse finalmente con el título mundial. 

La gesta de este joven deportista es sobradamente conocida por los aficionados al motociclismo e incluso por el público en general. Pero lo que no es apenas conocido es la relación familiar que Jorge Martín Almoguera tiene con nuestro pueblo. Y es que su bisabuela era Felipa Martín, nacida en El Hoyo de Pinares en el año 1901. 

El bisabuelo de Jorge, Emiliano Rubín de Celix, era un guardia civil nacido en Muñogalindo en 1889 y que había sido destinado a nuestro pueblo. Aquí enviudó, en octubre de 1928, de su primera esposa, Leonarda, con la que tenía tres hijos: Simeón, Antonio y Emiliano. 

En el pueblo le presentarían más tarde a Felipa, también viuda, sin hijos, con la que acabaría contrayendo matrimonio. 

La bisabuela de Jorge, Felipa Martín, tenía cuatro hermanos: Isabel, Gabriela, Casimiro y Dionisia, todos naturales de El Hoyo de Pinares, aunque la última fue vecina de Escalona (Toledo). A la que yo más recuerdo de mi infancia es a Isabel, que vivía en la Puerta del Sol y era la madre de Guillermo Marín. 

El matrimonio formado por Emiliano y Felipa residió inicialmente en la Casa Cuartel de nuestra localidad. 

Durante la guerra civil, Emiliano intentó en la medida de lo posible salvar vidas y tuvo también algunos de los escasos gestos de humanidad que se dieron en aquella dura contienda. 

En el pueblo vivieron Emiliano y Felipa hasta que él fue destinado a otras localidades. En San Bartolomé de Pinares nació su hija Maruja y, ya en Madrid, verían la luz Julio y las mellizas, Pepi y Julia. 

Julia Rubín de Celix Martín es precisamente la abuela materna de nuestro campeón del mundo de moto GP. 

Tras el fallecimiento de Emiliano, sus hijas asistieron al Colegio de Huérfanos de la Guardia Civil desde los 6 hasta los 19 años. Julia y Pepi, mujeres emprendedoras en tiempos difíciles, abrirían luego su propio centro de enseñanza. 

En todo ese tiempo, durante las vacaciones escolares las hijas de Emiliano y Felipa venían siempre a El Hoyo de Pinares, a casa de su tía Isabel, y aquí pasaban el verano con sus primos, el matrimonio formado por Guillermo Marín y Concepción Carvajal. 

Felipa quiso que se mantuviera esa vinculación familiar con su pueblo natal y acabaron comprando una casita, en la Corredera de San Miguel, detrás del pilón. 

Julia contrajo matrimonio con Rafael Almoguera y tuvieron tres hijos: Susana, Eva y Rafael. Y ahí seguimos acercándonos en el árbol genealógico al joven piloto madrileño, porque la primera de ellas, Susana Almoguera Rubin de Celix, es su madre. 

Susana también veraneó de niña en El Hoyo de Pinares, en la casilla de la Corredera, y tiene un especial cariño al pueblo, del que narra un sinfín de gratos recuerdos: cómo su abuela Felipa los recibía con una bandeja de torreznos, los bocadillos junto al pilón, el reencuentro con sus vecinos -como Nasta o Ana Mari-, aquellos días de campo y de comidas familiares en El Mancho o en La Enebrosilla con sus tíos Guille y Conce y sus primos, jugar con su galga Perla que tenía en depósito en casa de éstos, las primeras salidas de adolescente, las Fiestas de San Miguel… 

Ya de jóvenes, en los años ochenta, aunque no venían con la misma frecuencia, sí hicieron algunas escapadas para ver a la familia y tuvieron ocasión de salir por los lugares de moda del momento: la Discoteca Thomas, el Montecarlo, el Muskaria… especialmente con su primo Mario Marín, al que tanto recordamos. 

Susana Almoguera se casó con Ángel Martín y tuvieron dos hijos: Jorge y Javier. 

Jorge Martín Almoguera nació en San Sebastián de los Reyes en 1998. Llevaba ya en las venas la afición por las motos que sus padres le transmitieron, especialmente Ángel, piloto aficionado. No resultaron sencillos los comienzos en el mundo del motor, para el que Jorge mostró indudables cualidades. La preparación y la participación en competiciones resultaba sumamente costosa y fueron años de esfuerzos y sacrificios para una familia trabajadora, hasta lograr que Jorge pudiera desarrollar su carrera deportiva y demostrar su capacidad a bordo de la moto. 

Jorge Martín fue, ya en el año 2014, el primer español en ganar la copa de promoción internacional Red Bull Roockies Cup. 

Al año siguiente, debutó en Catar en Moto3. Subió por primera vez al podio en 2016 como subcampeón del Gran Premio de la República Checa, pero esa temporada las lesiones no le permitieron desarrollar su potencial. 

Su primer título puntuable para el mundial fue el Gran Premio de la Comunidad Valenciana, que obtuvo en 2017, año en el que subió nueve veces al podio en distintos circuitos y superó el récord mundial de poles en una sola temporada. 

En 2018, con siete victorias y diez podios, Jorge Martín se alzó ya nada menos que con el título de Campeón del Mundo de Moto3 y superó el récord de pole positions que él mismo ostentaba. 

Fue fichado entonces por Red Bull para la categoría Moto2 donde, a pesar de algunas limitaciones de la máquina con la que competía inicialmente, acabó logrando subir al podio en Japón y alcanzar la victoria en Austria. 

En 2021 pasó a competir en Moto GP, con el equipo italiano Pramac Racing y obtuvo cuatro podios en la temporada. El 8 de agosto alcanzó su primera victoria en la categoría reina en el Gran Premio de Estiria, en Spielberg. 

Con un gran talento en su disciplina deportiva y una enorme fortaleza mental y capacidad de superación, Jorge ha ido reponiéndose de todas las dificultades -caídas, accidentes, problemas técnicos…- hasta culminar nada menos que con el título mundial al que nos hemos referido al principio. El pueblo de San Sebastián de los Reyes, que lo vio nacer, le recibió con una multitudinaria acogida y el Ayuntamiento ha dado su nombre a una glorieta. Unos meses más tarde, la Presidenta de la Comunidad de Madrid le impuso la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo. 

Tras fichar por Aprilia, en este año 2025 no ha podido estar a su nivel, debido a que tres accidentes importantes -con 25 fracturas, un neumotórax, 2 intervenciones quirúrgicas…-, le han apartado de la competición durante gran parte del campeonato del mundo. Tras su recuperación, Martinator ha vuelto con fuerza a los circuitos y estamos seguros de que pronto nos dará más alegrías. 

Un apunte final: la bisabuela de Jorge, Felipa, era de El Hoyo de Pinares; su abuela, Julia, conoce perfectamente el pueblo; y su madre, Susana, también lo frecuentó. Pero el piloto madrileño no ha estado nunca aquí…. Creo que eso habrá que remediarlo en algún momento, ¿no? 

Ya conocéis esta curiosidad que comparto con vosotros en nuestro programa de fiestas de este año. Ahora, cuando vibremos ante las pantallas de televisión con los nuevos éxitos deportivos de Jorge Martín, recordad que no solo estamos animando y aplaudiendo a un piloto español, sino a alguien aún más cercano: al bisnieto de una mujer buena, Felipa, que nació y vivió en El Hoyo de Pinares. Al menos una pequeña parte de los genes del campeón del mundo proceden de nuestra tierra.

Carlos Javier Galán

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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2025.

Ilustraciones |  Fotografías de Jorge Martín cedidas por Susana Almoguera. y fotografía de Felipa Martín con sus hijas Julia y Pepi, cedida por Julia Rubín de Célix.

Maestros que dejaron huella

Decía Nelson Mandela que la educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo. También, añado yo, a más pequeño nivel, para cambiar los pueblos. 

El Ayuntamiento publica con frecuencia en sus redes lo que llama #TalentoHoyanco, personas de nuestra localidad que destacan en distintas facetas personales o profesionales. Estoy seguro de que existe muchísimo más talento oculto, que tal vez solo conocen las personas más cercanas, de gente que brilla hoy en numerosos quehaceres. 

El crecimiento formativo y cultural que, generación tras generación, se ha ido experimentando en El Hoyo de Pinares no hubiera sido posible sin muchas circunstancias y sin algunas contribuciones imprescindibles. Por supuesto, sin los cambios sociales que se han producido a nivel global. Por descontado también, sin el mérito de los propios interesados que han desarrollado esas trayectorias dignas de elogio. 

Pero no sería justo dejar de lado dos factores que han contribuido de forma importante. El primero, que nunca debemos olvidar, es el sacrificio y el esfuerzo de quienes los precedieron: los padres y madres que quisieron para sus hijos las oportunidades que ellos no habían podido tener. 

Y el segundo, sin duda, la labor de los docentes. Esos maestros que dejaron huella y a los que este año queremos recordar en nuestras Fiestas. 

Cuando la Escuela quedó atrás hace tiempo, descubrimos que nuestras aficiones e incluso nuestras vocaciones tienen a menudo un nombre propio. Años más tarde, cuando disfrutamos con la música o con la literatura, cuando amamos la naturaleza, cuando nos interesa la ciencia, la historia o la informática, cuando practicamos la fotografía, cuando tenemos afición al deporte…, somos capaces de reconocer detrás al maestro o la maestra que nos inculcó por vez primera esa inquietud, que nació en nuestra etapa escolar, a veces incluso de forma desapercibida. 

Repite acertadamente Ever Garrison que un maestro es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, el conocimiento y la sabiduría en sus alumnos. Es como una semilla que no se ve en el momento, pero que germina con el tiempo. 

La Escuela no solo nos proporciona conocimientos -de hecho, muchos de esos datos sabemos que se nos acabarán olvidando- sino que debe aportar algo más: una ambición por saber, una conciencia del valor del conocimiento, un espíritu crítico que es cada vez más necesario ante las facilidades tecnológicas de manipulación y la avalancha de información, donde resulta difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Hoy ya no tenemos que recurrir a los pesados tomos de la Espasa o la Larousse para consultar datos, porque pulsando apenas una tecla tenemos acceso a una cantidad inmensa de ellos. Pero las herramientas personales, para saber cómo buscar en internet o cómo preguntar a la inteligencia artificial, para manejar luego esa información, para asimilarla, para ser capaces de relacionar conceptos, de descubrir constantes, de dotar de sentido a todo lo que nos llega, no te las da ninguna máquina. Las adquirimos nosotros y, en ese proceso, los maestros son figuras me atrevería a decir que cada vez más importantes. 

Tampoco se aprenden a golpe de click otras cosas, como los valores o la experiencia práctica. El compañerismo, la ética, el esfuerzo, la superación, el trabajo en equipo, la convivencia con la persona que es diferente a nosotros…, nada de eso lo encontraremos en Google ni en Chat GPT. 

Creo que todos recordamos con cariño los años pasados en las Antiguas Escuelas o en el nuevo edificio del Colegio de abajo. Pero lo más importante es lo que allí se sembró en nosotros. 

Las distintas generaciones hemos ido conociendo a docentes vocacionales que se han relevado en las aulas de El Hoyo de Pinares. No quiero mencionar en este texto a ninguno, tampoco a los que yo recuerdo con mayor gratitud y afecto, porque sería injusto con los que dejase sin citar, como aquellos otros de épocas que yo ya no he conocido de forma directa. 

Los docentes de los años setenta, los de mi etapa escolar, fueron los maestros de la transición, los que nos hicieron apreciar el valor de la convivencia plural, los que nos enseñaron a caminar por unas libertades recién estrenadas. Los docentes de los ochenta y los noventa hicieron su labor de preparar a niños y niñas para una sociedad en constante proceso de cambio. Los del siglo XXI, han tenido que orientar a las generaciones más recientes en un mundo ya digital, donde las tecnologías de la información y la comunicación han cobrado un protagonismo antes inimaginable. 

Queremos recordar a todos los que, a lo largo de los años, pusieron su esfuerzo, su vocación, al servicio de la enseñanza en El Hoyo de Pinares. A quienes desempeñaron su profesión con cariño y con entrega y han dejado en el pueblo un recuerdo imborrable. Especialmente a quienes se implicaron en hacer algo más de lo obligatorio, quienes sabían que también se educa fuera del aula -en el patio, en las pistas deportivas, en las calles…-, a quienes se mojaron socialmente, interactuaron con las familias, acompañaron en esos viajes y excursiones que nunca se olvidan, impulsaron medios de comunicación de nuestra comunidad educativa (nosotros siempre recordamos El Escolar de mi época o más tarde aquella querida Radio Piñón, pero luego vinieron otros), organizaron jornadas culturales o promovieron actividades de lo más diverso. 

El Ayuntamiento ha querido que, en la víspera de nuestras Fiestas de San Miguel, el pregón de apertura sirva de esta ocasión para que todo un pueblo homenajee a sus educadores. Para que sus distintas generaciones los recuerden y les expresen gratitud. Se me ocurren pocos gestos más acertados, más hermosos, más justos. Allí estaremos. 

Carlos Javier Galán

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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2025.

Ilustraciones |  Viaje escolar con D. Pedro, fotografía cedida por Matilde Martín para el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del Ayer de Carlos Javier Galán; alumnos de los años setenta con D. Manuel, compartida en el grupo de quintos de 1966; viaje escolar con D. Félix y alumnos años 90, cedidas por Félix González.  

50 años de Romerías en El Fresne

Desde hace siglos, nuestro pueblo venera a la Virgen de Navaserrada, cuya imagen se conserva en uno de los retablos laterales de la iglesia de San Miguel Arcángel. Está documentado, por ejemplo, que en el siglo XVII existió una Cofradía de Nuestra Señora de Navaserrada, activa al menos entre los años 1652 y 1698. 

La tradición oral -y la advocación parece avalarlo- sostiene que la imagen mariana procedía de la pequeña iglesia existente en Navaserrada, lugar que, durante la Edad Media, no era una zona de El Hoyo como hoy, sino que tenía entidad diferenciada. De hecho, en la Carta de heredad otorgada por el rey Alfonso X el 30 de octubre de 1273, el lindero que se establece transcurre «Valdemoscoso abajo y se desvía al fresno que está al fondo del camino que va de El Hoyo a Navaserrada». Existen también numerosas referencias documentales a este lugar (generalmente escrito como Nabazerrada) en documentos oficiales del siglo XV. Por circunstancias que se desconocen -más allá de narraciones legendarias-, Navaserrada acabó despoblada, sus tierras se integraron en nuestro término municipal y su Virgen se convirtió en patrona de El Hoyo de Pinares. 

La romería histórica en honor a Nuestra Señora de Navaserrada tenía lugar el martes después de Semana Santa. Sin embargo, de la ermita únicamente quedaban restos ruinosos, enclavados entre viñedos de titularidad privada, por lo que no era un sitio adecuado para una celebración popular. La imagen de la Virgen solía salir en procesión desde la iglesia hasta la zona de La Perdiguera, como narra Germana de Miguel en su magnífico libro Muregas, que recoge tradiciones orales de nuestro pueblo. Cada familia o grupo de amigos salía a comer y festejar al campo, donde tuviera por costumbre. En esa comida no faltaban tortillas metidas en los típicos panecillos, además de la tradicional limonada. 

En el año 1974, el alcalde, Julián Carvajal Luque, propuso a la Corporación Municipal cambiar la fecha, fijándola en un día que no fuera laborable y acercándola al buen tiempo, pues -como consta literalmente en la propuesta- «entrada la primavera el desplazamiento al campo sería más agradable para los vecinos a disfrutar del paisaje, comer las meriendas y esparcirse en los festejos religiosos y profanos, ya que la mayoría de los años no se podía realizar por la inclemencia del tiempo». La propuesta resultó aprobada por unanimidad y se acordó que el alcalde se comunicara con el párroco, que en aquel entonces era D. Julio H. Martín de Ximeno, y se procediera a dar publicidad al acuerdo tanto a los vecinos como a «todos los hijos del pueblo que se hallan ausentes». 

Al año siguiente, en abril de 1975, se dio otro paso decisivo: el pleno acordó un nuevo emplazamiento para la Romería, en los prados de El Fresne, de titularidad pública. Allí se trasladaron una parte de los restos de la vieja ermita y otros encontrados en sus alrededores, bajo el impulso de D. Julio y de la Corporación Municipal y con la colaboración del Instituto de Conservación de la Naturaleza (ICONA). Hoy, con casi total seguridad, no se hubiera permitido mover elementos arqueológicos de su ubicación originaria, menos aún sin dejar testimonio gráfico de la disposición que tenían, pero eran otros tiempos. 

Eleuterio Fernández, que trabajó en aquel traslado, me contó con todo detalle cómo se numeraron las piedras y se transportaron los distintos elementos, hasta configurar el conjunto que actualmente conocemos en El Fresne. Allí se conservan, entre otros, un arco de medio punto del antiguo templo, que se reconstruyó sobre un armazón de madera preparado por Adolfo Gallego, un púlpito, una pila bautismal, una laja de granito que hace las veces de altar y una estela discoidea que posiblemente tuviera un antiguo uso funerario. 

Aquel último domingo de mayo del año 1975 se estrenó, pues, la Romería en su nuevo paraje y ya con la obra de piedra realizada. Por primera vez, la imagen de la Virgen de Navaserrada llegaba, portada a hombros por las mujeres de nuestro pueblo, a las praderas de El Fresne, que desde entonces visita cada año. Allí se ofició la primera misa y se disputaron los juegos infantiles y la cucaña, en una jornada amenizada por dulzainas castellanas. Se convocó también un concurso de carrozas y de caballerías enjaezadas, con premios de hasta 3.000 pesetas, así como otro de baile de jotas, con un premio de 1.000 pesetas a la pareja ganadora. La convocatoria registró una multitudinaria afluencia de vecinos y visitantes, constituyendo un éxito rotundo, que respaldó la nueva fecha y la nueva ubicación elegidas. 

El último hito vinculado a la Romería se produjo en el año 2003. La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, gracias a su ingeniero Eduardo Kropnick, eligió El Hoyo de Pinares para desarrollar una prueba piloto de un sistema de votación por internet. Desde hacía tiempo se venía comentando la posibilidad de cambiar la romería del domingo al sábado, facilitando así un día de descanso posterior y que no tuvieran que irse a media tarde las familias de procedencia hoyanca que acuden ese día pero viven y trabajan en otros lugares. El Ayuntamiento consideró que éste podría ser el objeto de la proyectada consulta popular. El Hoyo de Pinares vivió una jornada histórica y festiva, con presencia de medios de comunicación nacionales y de expertos que vinieron a estudiar in situ la novedosa experiencia. El resultado arrojó una participación del 58,10 % de electores, de los cuales un 59,75 % apoyó cambiarla al sábado, el 38,71 % se mostró a favor de mantenerla el domingo y el 1,64 % votó en blanco. Esta decisión popular no vinculante se trasladó a un acuerdo oficial del pleno y desde entonces la romería quedó establecida en su actual fecha, el último sábado de mayo. 

La romería que se ha celebrado en 2024 ha sido, pues, la edición número 50 de las que han tenido lugar en El Fresne. Aquellas decisiones de los años setenta del siglo pasado de fijar la Romería en el mes de mayo y de trasladarla a este paraje fueron un acierto indudable, que dotó de identidad propia a un festejo local, ya consolidado a lo largo de este medio siglo de notoria aceptación y de masiva participación popular. 

Carlos Javier Galán 

Fuentes consultadas: 

• Testimonio oral de D. Eleuterio Fernández y D. Fernando Fernández (a los que agradezco públicamente su ayuda e información). 
• Libro de Actas de plenos del Archivo municipal. (Mi agradecimiento a D. Juan Luis Beltrán por su colaboración). 
• Programa de Fiestas de San Miguel Arcángel. Ayuntamiento de El Hoyo de Pinares, septiembre 1975. (Mi agradecimiento a Dª Margarita Fernández por habérmelo facilitado). 
• Fichas arqueológicas del Servicio Territorial de Cultura, Turismo y Deporte de Ávila. 
• Miguel Martín, Germana. Muregas. Ediciones Cardeñoso y Ayuntamiento de El Hoyo de Pinares, 2018. 
• Barrios García Ángel y otros. Documentación del Archivo Municipal de Ávila (1256-1474), volumen I. Institución Gran Duque de Alba, 1988. 
• Luis López, Carmelo y otro. Documentación medieval del Asocio de la Extinguida Universidad y Tierra de Ávila, tomos I y II. Institución Gran Duque de Alba, 1990. 
• Índices del Archivo Diocesano de Ávila 
• Fichas de carteles y programas de festejos conservados en la Biblioteca Nacional 
• Archivo personal sobre la votación por internet de marzo de 2003.

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Fuente Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2024.

Ilustraciones | Fotografías de la primera Romería en El Fresne realizadas en mayo de 1975 por Jacinto Herrero y cedidas para la exposición y libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del ayer, de Carlos Javier Galán. 

Un triste episodio en la historia de El Hoyo de Pinares: la epidemia de peste de 1599

El estallido de la pandemia de Covid-19 en 2020 nos sorprendió a todos como una experiencia nueva e insólita, incluso para las personas de mayor edad, que no recordaban haber vivido u oído contar un fenómeno parecido. Quedaba ya muy lejos otra gravísima pandemia, la de la gripe de 1918, la mal llamada “gripe española”, que dejó entre 20 y 40 millones de muertos en todo el mundo (entre 150.000 y 200.000 en España). La Covid-19 despertó el interés por esta gripe y otras pandemias del pasado, que podían aportar indicios sobre su evolución, su duración y sus consecuencias de todo tipo. 

Una de las enfermedades pandémicas más célebres de la historia es la peste bubónica o peste negra. Normalmente se la asocia con la Edad Media y en especial con el siglo XIV, ya que fue entonces cuando azotó a los países de Europa occidental con una devastación nunca vista, sobre todo en los años álgidos de 1347 a 1351. Según estimaciones actuales, la peste pudo acabar con el 50% de la población europea, entre 25 y 50 millones de personas, lo que la convierte en una de las mayores calamidades de las que se tiene noticia. 

Menos sabido es que en los siglos siguientes se produjeron nuevos brotes de la enfermedad, varios de ellos en España a lo largo del s. XVI. El más grave fue el que tuvo lugar entre 1596 y 1602, cuando la llamada “Gran Peste Atlántica” se extendió del norte al sur de la corona de Castilla. Se cree que la transmitió a la Península un barco, el Rodamundo, que partió de Flandes, hizo escala en las ciudades francesas de Dunquerque y Calais, que estaban infectadas, y llegó hasta Santander (de ahí que se llame atlántica; Pérez Moreda 1980, p. 235). El navío transportaba lana, un producto en el que podían alojarse fácilmente y durante largo tiempo las pulgas que transmitían la bacteria de la peste (la Yersinia pestis) y que eran parásitos de las ratas. Seguramente a través del comercio de la lana (y de ropas y personas infectadas) la peste se fue extendiendo por Oviedo, el valle del Duero, Castilla la Nueva, Portugal, Extremadura y Andalucía, y de nuevo hacia el norte, hasta llegar a La Rioja y las provincias vascas, y no remitió hasta 1602 (Téllez Alarcia 2021, p. 51). En los territorios afectados, tanto en ciudades como en pueblos, parece que murió un 15% de la población, tasa que quizá llegó al 30% en el peor año, 1599. Se calcula que en total pudieron alcanzarse los 500 000 fallecidos. 

También la provincia de Ávila sufrió los estragos de la peste . Gracias a los libros de defunción de las parroquias es posible conocer con detalle la evolución de la mortalidad. Uno de los pueblos más afectados fue Palacios de Goda, donde en agosto de 1599 el número de difuntos se multiplicó por 3 ó 4 y murieron hasta 11 niños. Se conocen casos en Collado de Contreras, Adanero, Navalmoral y San Juan de la Nava, mientras que otros municipios se libraron del mal, como Mingorría, Gemuño, Flores de Ávila, Muñogalindo y Naharrillos del Álamo. En Mombeltrán se llegaron a provocar incendios para tratar de parar los contagios. 

El Libro de Difuntos de Fontiveros quedó incompleto precisamente en julio de 1599 porque el párroco cayó víctima de la peste. Al sacerdote que ocupó su lugar la Diócesis le abrió expediente por este motivo. En el informe se lee que en ese momento: 

…había en estos reinos peste en general y especialmente la avía en la dicha villa de Fontiveros muy grande de que moría mucha cantidad de gente y de cómo no aviendo quien sirviera el dicho beneficio curado vinieron a servir ... dos frailes descalzos de la orden de San Francisco del convento de Cardillejo (a media legua de Fontiveros): uno de ellos murió de la peste y el otro herido della le llevaron al dicho su monasterio. Y viendo que ningún clérigo quería ir a servir, no tan solamente a la dicha villa de Fontiveros pero a ningún otro lugar desde obispado donde abia la dicha peste, que eran muchos los que así estaban apestados, se me ordenó fuese a servir en la dicha villa. 

También contamos con un desgarrador testimonio sobre los efectos de la peste bubónica en El Hoyo de Pinares en 1599. El Archivo Diocesano Provincial custodia los libros de defunción de la Parroquia de San Miguel Arcángel entre los años 1607 a 1898, por lo que no hay datos exactos del s. XVI. Tampoco hay noticias de otros pueblos cercanos, como Cebreros, El Tiemblo o San Bartolomé de Pinares, cuyos libros de defunciones son posteriores a 1599. Sin embargo, sí se conservan los libros de bautizos de El Hoyo de Pinares desde 1543 a 1863 (y los de matrimonios desde 1587 a 1895). Precisamente en el Libro de Bautizados de 1599 el párroco dejó constancia de los siguientes sucesos: 

En este año fue la gran pestilencia que comenzó por San Pedro y acabó por San Miguel. Murieron 387 personas y quedaron cuatrocientos y catorce vivos, lo cual se averiguó por un juez que vino de Madril (sic) para dar al pueblo por sano. Murieron día de San Lorencio diez y siete personas. Y para que haya memoria de esto lo escribí yo, Juan Pº Sánchez, y se cerraron ciento y siete casas. (Libro 1º, fol. 77v., citado por de Tapia Sánchez 2008, 371, n. 52). 

La tasa de mortalidad, según estas cifras, fue nada menos que del 48,38%, solo en los tres meses de verano, y en un solo día, el 10 de agosto, llegaron a morir diecisiete personas. Los síntomas de la enfermedad eran terribles, como sabemos por muchos testimonios del siglo XIV (como el comienzo del Decamerón de Boccaccio, que fue testigo de la peste en Florencia) y por informes clínicos modernos: una vez que se producía el contagio por la mordedura de una pulga infectada o por el contacto con una persona enferma, la bacteria entraba en la sangre y causaba la inflamación de los ganglios linfáticos, llamado bubones, en las axilas, la ingle o el cuello, los cuales a menudo supuraban. Ello iba acompañado de fiebre alta, tos sanguinolenta, dolores de cabeza y vómitos, hasta que en unos pocos días sobrevenía la muerte. Tan solo podemos imaginar el horror de las gentes al ver enfermar y morir sin remisión a familiares, amigos y vecinos, y viviendo con el miedo constante a infectarse. 

La epidemia irrumpió en un momento de especial debilidad para la localidad, que en toda la década de 1590 venía sufriendo una fuerte crisis demográfica. En este cuadro puede observarse la evolución del número de bautizados (en de Tapia Sánchez 2008, 358): 


Como vemos, los bautizos (lo que vale para los nacimientos) bajaron drásticamente, hasta menos de la mitad, en los años 1597 y 1598, que al parecer tuvieron inviernos con muchas lluvias y nieves y primaveras con largas sequías, lo que tuvo que producir cosechas muy escasas y, en consecuencia, carestía, pobreza y hambre, a los que se sumó la terrible enfermedad, a modo de plaga bíblica. 

Por desgracia, no fueron los últimos casos de peste en España: en 1647 estalló otro brote en Valencia, que afectó a Aragón, Cataluña y Andalucía (hasta el punto de que en Sevilla pudo fallecer el 45% de la población). Nuevamente en 1676 las principales ciudades andaluzas, así como Cartagena, sufrieron el duro castigo de la enfermedad. El último caso de peste documentado en España ocurrió en la isla de Mallorca en 1820 y provocó miles de muertes, lo que al menos estimuló que se adoptaran medidas de control y prevención, como el confinamiento de las poblaciones afectadas, las desinfecciones y las incineraciones. Afortunadamente, el avance de la medicina y la generalización de la higiene, de los antibióticos y de las vacunas durante el s. XX han convertido en cosas del pasado epidemias tan atroces como la que padeció El Hoyo de Pinares en el aciago año de 1599. 

Marco Antonio Santamaría

Bibliografía:
- Pérez Moreda, V., 1980: Las crisis de mortalidad en la España interior, siglos XVI-XIX, Madrid. 
- Tapia Sánchez de, S., 2008: “Vida y Muerte de los campesinos de Ávila en la época del Duque de Alba”, en G. del Ser Quijano (coord.), Congreso V Centenario del nacimiento del III Duque de Alba Fernando Álvarez de Toledo. Actas. Piedrahíta, El Barco de Ávila y Alba de Tormes (22 a 26 de octubre de 2007), Ávila-Salamanca, pp. 347-371. 
- Téllez Alarcia, D., 2021: “Pandemias históricas en La Rioja. La Peste Atlántica de 1599-1600”, Belezos: Revista de cultura popular y tradiciones de La Rioja nº 43, pp. 50-55.

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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2023.

Ilustraciones | Mapa de la expansión de la peste en España, de: Pérez Moreda, Vicente. La crisis de mortalidad en la España interior (siglos XVI-XIX). Madrid, Siglo XXI de España, 1980. Gráfico de la obra de Tapia Sánchez citada por el autor en la bibliografía.   

El Hoyo, territorio de caza para el rey Alfonso XI de Castilla

El rey Alfonso XI de Castilla y León había nacido en Salamanca en 1311 y murió en la Semana Santa de 1350, por la epidemia de peste bubónica que asoló Europa a mediados del siglo XIV. Falleció mientras sus tropas sitiaban Gibraltar, que seguía en poder de los musulmanes benimerines, tras haber tomado el monarca castellano el reino de Algeciras en 1344. Era hijo del rey Fernando IV y de su esposa, Constanza de Portugal. Al morir su padre, contaba con un año de edad, por lo que se establecieron regencias, con intensos conflictos, hasta que, con sólo 14 años, asumió plenos poderes reales para intentar calmar la situación. 

Entre su actividad legislativa y sus campañas militares, Alfonso XI tuvo tiempo para practicar una de sus mayores aficiones: la caza. El rey promovió la realización de una colosal obra, el Libro de la Montería, en la que quiso reunir todos los conocimientos y usos relativos a la caza mayor, con la participación de sus dos monteros mayores, Martín Gil y Diego Bravo, y de otros quince más que figuran citados en el libro. 

El códice original del siglo XIV, manuscrito, seguramente para uso del propio rey y con anotaciones que se iban incorporando, se halla en la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, junto con otro ejemplar datado como del siglo XV. En la Biblioteca del Palacio Real se conserva el códice más hermoso de esta obra, procedente de la Cartuja de Sevilla y que perteneció al Marqués de Tarifa, ilustrado con 17 miniaturas de la escuela castellana. 

La primera edición impresa, que permite la divulgación pública de la obra, se publica en 1582 en Sevilla, comentada por el caballero de la ciudad Gonzalo de Argote y Molina y con nuevas ilustraciones, las más difundidas. En 1877, José Gutiérrez de la Vega la publicó de nuevo en Madrid, con mayor fidelidad a los textos originales y con un interesante estudio preliminar. En 1934, el Duque de Almazán publica una nueva edición de lujo, precedida de otro interesante estudio. 

Este tratado de la montería de Alfonso XI consta de tres libros. En el primero, se explican técnicas de caza: el equipamiento que debe tener el montero tanto a caballo como a pie, cómo distinguir y seguir los rastros de las distintas especies (venados, osos, jabalíes…), como levantar las piezas, cómo buscar y probar los montes, teniendo incluso en cuenta las condiciones climatológicas y otras diversas circunstancias. El libro segundo está dedicado a los perros de caza, con las heridas que les pueden causar “los animales fieros” y las enfermedades que pueden afectarles y cómo tratar ambas. El libro tercero detalla qué montes de los reinos de Castilla y León eran buenos para la caza, indicando si en verano o en invierno, en qué ubicaciones concretas y las especies que podían hallarse.

En cada paraje incluso se detalla dónde es mejor situar la vocería, es decir, el lugar desde dónde los ojeadores podían hacer batidas y levantar la caza, y dónde situar la armada, esto es, la línea de cazadores que esperaba para abatir las piezas. Hay que recordar que en el siglo XIV la caza era con lanzas o, muy frecuentemente, con ballestas, lanzando varias flechas para abatir al animal, generalmente con mucha mayor proximidad y riesgo que en la caza con armas de fuego. 

El capítulo IX del Libro III de esta obra trata sobre “los montes de tierra de Ávila y Cadalso, y San Martín de Valdeiglesias y de Valdecorneja” (todas las transcripciones las hacemos con sintaxis originaria pero ortografía actualizada para mejor comprensión). En dicho capítulo, el rey y sus colaboradores citan varios lugares de caza que, tras el otorgamiento realizado en 1273 por su bisabuelo Alfonso X, ya eran término municipal de El Hoyo (que aún no contaba en su denominación con el apellido de la comarca de Pinares). 

Entre ellos se menciona Peña Halcón, que consideraban buen lugar para la caza de osos en invierno. La especie hoy está desaparecida en la zona, pero sin duda se referían a la variante ibérica del oso pardo (usus arctos): "Peña Halcón es buen monte de oso en invierno, y son las vocerías la una desde el camino del Helipar a Navaserrada, y la otra como va el camino de Navaserrada a Quemada. Y es el armada al Horno del [río] Sotillo”. 

Según la obra de Alfonso XI, también la zona de Valdegarcía era en el siglo XIV buen paraje para cazar osos y jabalíes en cualquier época del año: “Valdegarcía es buen monte de oso y de puerco, en invierno y en verano. Y son las vocerías la una por cima del lomo de Robledo Halcones tocante a Valdegarcía, y la otra en el lomo del Pinar que está entre Valdegarcía y Navaserrada. Y son las armadas, la una en el camino que va por medio del valle al Sotillo y la otra en el camino que va del valle al Quintanar”. 

Consta en el tratado otra zona adecuada para la caza del jabalí: “La Dehesa del Helipar y el Robledillo es todo un monte y es bueno de puerco en invierno. Y son las vocerías la una por cima de la cuerda de las Radas hasta la Cabeza de la Pinosa y la otra desde el cerro de Buhana, por el camino que va desde Las Navas al Helipar, y es el armada en el collado de la Dehesa del Helipar y otra armada en el colladillo que está entre el Helipar y Valdemaqueda”. 

También la Buitrera es paraje aconsejado para la caza del oso: “La Buitrera es muy real monte de oso en invierno. Y son las vocerías, la una por cima de la cumbre de la Buitrera y la otra por allende del Cofio, y la otra al collado de Sierrallana. Y son las armadas, la una al collado de Valdemaqueda y otras dos en el camino que va de Valdemaqueda a El Hoyo”. 

Los redactores del Libro de la Montería no hablaban de oídas, porque en el libro narran episodios concretos vividos por los cazadores de la corte, como la accidentada persecución de un jabalí en la zona de El Tiemblo, lo que denota que los monteros del rey y, seguramente en la mayor parte de los casos el mismo monarca, eran buenos conocedores de los distintos lugares de caza que van citando en su tratado. 

La historia de nuestro pueblo como escenario para actividades cinegéticas de la corte real no debió de finalizar en el siglo XIV, pues recordemos que, cuatrocientos años más tarde, el romance de La Niña del Montero precisamente se refiere a la hija de un montero de caza de Carlos III y se dice expresamente que vivía en El Hoyo de Pinares. Aunque el relato de la desaparición de la niña sea legendario, la referencia a que un montero del rey resida en nuestro pueblo cuando menos no debía de sonar extraña a los oídos de la época. 

 Carlos Javier Galán 

Fuentes consultadas: 
Libro de la Montería, con estudio preliminar de Gonzalo Argote de Molina. Sevilla, 1582. 
Libro de la Montería, con estudio preliminar de José Gutiérrez de la Vega. Madrid, 1877. 
Estudio Preliminar al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI de Castilla, por Matilde López Serrano. Editorial Patrimonio Nacional, 1969. 
Alfonso XI. Biografía en la web de la Real Academia de la Historia.

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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas de San Miguel, septiembre 2022.

Ilustraciones | El rey y sus monteros, fragmento de una edición del Libro de la Montería de 1582; y la caza del jabalí, ilustración del Códice de la Cartuja del Libro de la Montería. 

Paella en Fuentelpino: una historia real. El Hoyo de Pinares, domingo 17 de julio de 1966

Mi padre llegó ayer sábado a nuestro pueblo, El Hoyo de Pinares, en el coche de línea de León Álvarez, aunque para nosotros era el de Antonio y Felipe. Se llamaba Jorge, pero todos le conocían como Pachín, porque estaba casado con mi madre que era Basi la Pachina”. Esta vez se iba a quedar un día más, porque el lunes 18 de julio era fiesta. 

Bajamos todos a la cochera a recibirle, como siempre. Mucha alegría en casa, después de un montón de días sin verle. Antes de irnos, siempre esperábamos para ver como Antonio Chocolate metía en la cochera, y marcha atrás, aquel mostrenco de autocar. Pura magia. 

En aquellos tiempos, un puente largo era una bendición, y más en nuestro caso, porque a mi padre solo le veíamos algún fin de semana, cuando regresaba de su trabajo en Madrid. Además, esta vez venía con la paga extra recién cobrada. Por eso solíamos hacer la paella familiar en estas fechas. Era una vieja costumbre que se venía repitiendo en nuestra casa, desde que yo tengo memoria. 

Amaneció, y el abuelo Venancio (Venancio Pérez Alonso, conocido en el pueblo como Cano), siempre se levantaba muy temprano. Dormía con la ventana de par en par, y “abría el ojo” con los primeros rayos de sol. 

Lo primero era ir a hacer sus necesidades a la vieja “herrén”, siempre con su azadilla al hombro. Era muy pudoroso y no quería que nadie le viese salir, aunque todos sabíamos dónde iba. A veces llevaba un trozo de papel viejo en el bolsillo, y si no, para eso estaban los “cantos” del campo. 
Evidentemente, en aquellos tiempos no había agua corriente, ni desagüe, en nuestra vieja casa de la calle del Pez nº 50. Había que apañarse con barreños, palanganas, cantaros y botijos, y para lo demás, ya estaban los orinales. Traíamos el agua de la fuente que había en unos huertos cercanos (me viene a la memoria el Caño del Moral), o del pozo de nuestros vecinos Lauri y Andrés Merejo, que vivían enfrente. 

En mi familia existía una especie de código no escrito, que consistía en levantarse cuando el abuelo regresaba de su “paseo” al amanecer, y hacía sonar el cerrojo de la pesada puerta. Mi madre se tiraba de la cama para prepararle el desayuno, y daba una gran voz para despertarnos a los demás. Aun lo recuerdo: “Ya está aquí el abuelo. Arriba todos. El desayuno está en la mesa”. A mi madre le gustaba servir el desayuno al abuelo, al que se le guardaba un enorme respeto. 

El abuelo Venancio, era el gran patriarca de la familia. Un hombre cabal, serio, adusto y duro, pero buena persona, honrado y trabajador como el que más. Siempre decía que su palabra era ley, y era la pura verdad. Hablaba poco, pero cuando lo hacía siempre ponía el “punto sobre la i”. 

La vida no le había tratado bien. Sufrió la guerra, perdió su patrimonio, pasó mucha hambre, estuvo en la cárcel por sus ideas, y perdió a su mujer (mi abuela Petronila), demasiado pronto. Tenía cierto nivel cultural y, sobre todo, una conciencia social muy avanzada para su tiempo, y ciertamente incomoda en aquella época. 

Todos le hablábamos de usted, incluyendo a mi padre y a mi madre. Yo le tenía un gran cariño, y el, aunque intentaba disimularlo, me tenía también un aprecio muy especial. Creo que yo era su ojito derecho. 

Después de desayunar pan “migao” y leche de Nica (nuestro vecino el cabrero), comenzaban los preparativos. Mi madre preparaba un gran barreño con la ropa sucia, sobre todo las sabanas y manteles, para llevarla a lavar al rio. Cuando corría la costera, íbamos a lavarla allí, pero como en verano se secaba, había que llevarla al rio. 

Yo estaba muy nervioso. Mi abuelo había prometido enseñarme a pescar. Decía que ya iba teniendo edad. Yo acababa de cumplir 13 años. 

Esa mañana temprano trajo de su paseo una larga caña, y con un cacho de roña de pino que había pulido con la navaja y al que había hecho un agujero por el centro, una pluma de gallina, una tuerca pequeña, un poco de hilo y un pequeño alfiler doblado (yo los llamaba “bonis”), estaba preparando una caña de pescar para mí. Mi primera caña. 

Mi hermano Roberto, como siempre, dando la vara, haciendo mucho ruido, y protestando por todo. Pasaba por una fase en la que se quejaba y chillaba por cualquier cosa. Resulta que a él le apetecía más quedarse con la pandilla en la calle, que venir con la familia al rio. 

Nuestra pandilla, la de la calle del Pez, estaba formada por mi primo Fernando, el hijo de mi tía Tere, por los hijos de Nica y Cata, que eran Rolindo y Juani, y por los de Uge y Lucy, los Chinales, que eran Lucy, Geñi y Emi, y por supuesto, mi hermano Roberto y yo. 

En ocasiones también estaban nuestros primos, los hijos de Jesús y Margarita, y de Santiago y Encarna, pero en verano coincidíamos poco, porque ellos pasaban largas temporadas trabajando en El Quexigal. (Perdón si cambio u olvido algún nombre. Han pasado más de 50 años). 

Mientras preparaban el avío para la paella, metiéndolo en cajas para transportarlo, a mí me mandaron a buscar a mi abuela Amalia, que era la madre de mi padre. Pasaba el verano en la casa de mis tíos Fernando y Carmen, que vivían una calle más abajo. Este año no podían venir, porque estaban en Madrid, ni tampoco mi tía Tere (hermana de mi madre), mi tío Claudio, y mi primo Fernando, porque estaban trabajando en su taller, preparando tripas de cordero para embutir salchichas, chorizos, salchichones, morcillas, etc. Mi madre me contaba que, en años anteriores, también solían venir mi tía Victoria, su marido Casimiro y mi prima Marivi, que ya no estaban en España, porque habían emigrado a Argentina. De eso no tengo ningún recuerdo. 

Sobre las 9 de la mañana echamos a andar, después de repartir los bultos con la comida, la ropa sucia, enseres de limpieza y cocina, el barreño y la paellera. Salíamos pronto, porque el sol pegaba duro. 

Lo primero era subir la enorme cuesta de la Revoltosa, (Fábrica de Hielo y Bar Club), hasta la casa de Leoncio el carpintero. Las escaleras finales eran matadoras. Luego seguíamos por un camino que sale del Cuartel de la Guardia Civil, y va hasta la “Fuentelpino”, que estaba junto al rio, muy cerca del charco de las Golondrinas. Un largo paseo a través del pinar, y todos muy cargados. Recuerdo el arte de mi madre para llevar el barreño en la cabeza sin que se le cayese ni una sola vez. 

Mi abuelo Venancio, que siempre iba en cabeza, nos llevaba a un paso “cochinero” difícil de seguir, sobre todo cuando vas cargado. Siempre pensé que era una forma de “putear” a su consuegra (mi abuela Amalia), que no estaba tan ágil. Llegamos sin novedad. 

Mientras mi madre y mi abuela lavaban la ropa en el rio, y la ponían a secar al sol en las lanchas de piedra, mi padre y mi hermano cogían leña para la paella, y yo recibía mi primera lección de pesca. 

Mi abuelo Venancio montó la caña con un poco de hilo atado a la punta, puso la “pirindola” hecha de la roña de un pino, la pequeña tuerca a modo de plomo, el “boni” doblado como anzuelo, y me dijo: “ven p'acá, y veras cómo te va a gustar". Le puso al anzuelo un bicho muy raro que cogió de las piedras del rio. Más tarde descubrí que se llamaban “gusarapas”. También llevaba un bote con gusanos de carne podrida, que criaba el mismo, y otro con lombrices que cogía del arroyo Valvellido (Varbellío, decíamos nosotros), cuando salía por las mañana. Al principio, aquello me daba un poco de asco y le pedía al abuelo que pusiera él los cebos. 

Qué emoción al sacar mi primer pez. Un enorme cachuelo que tiraba como un demonio. Luego cogimos muchos más, e incluso alguna boga, y algún barbo. Las bogas y los barbos los devolvíamos al rio, porque mi abuelo decía que tenían mal comer, y muchas espinas. A él le gustaban los cachos, porque eran como boquerones. También mi abuelo sacó a mano un buen puñado de cangrejos para la paella, y hasta unas cuantas ranas, poniéndole al hilo de la caña un trapo rojo. Decía que las ancas eran un manjar, pero a mí me daban tanto asco, que nunca llegué a probarlas. El abuelo era un artista. Que lección de supervivencia. 

Mi abuelo Venancio me inculcó esa afición (mejor dicho, esa vocación) que, 50 años después, sigue muy presente en mi vida, y en la de mis hijos y nietos. Una afición que se quedó para siempre. Durante muchísimos años he seguido pescando en ríos y pantanos de toda España, y por supuesto en los de Ávila y de El Hoyo. He viajado muchísimo con Charo (mi mujer) y con mis hijos, Jorge y Alberto, que también se aficionaron a la pesca. Se puede decir que, persiguiendo todo tipo de peces de rio, hemos recorrido a fondo nuestro país. Pero eso lo cuento otro día. 

Vuelvo al día de la paella. Después de las tareas, tocaba un buen baño en las charcas del río para refrescar. Aquel año había agua suficiente, para pescar y bañarse sin problemas. 

A mi hermano y a mí nos daba mucho miedo el agua, sobre todo por las culebras, y nos metían en un barreño dentro de una charca de poco fondo. No aprendí a nadar hasta unos años más tarde, cuando mi padre me pinchó el flotador en la Pililla. 

Mi padre se encargó de la paella. Qué cara de felicidad. Era su mundo, era su sitio. El Hoyo, el pinar, el rio y su familia. Mi madre le ayudaba. 

Nunca olvidaré sus caras de complicidad, de alegría, sus miradas y sus caricias. Daba gusto verlos así, y así siguieron hasta la muerte de mi madre, 35 años después. Recuerdo que mi abuelo Venancio, cuando los veía hacerse arrumacos, protestaba con una especie de tos, que a todos nos hacía reír. 

Luego a comer. Excelente paella con sabor a pinar, conejo de monte, cangrejos de río, y agua de la fuente. Hasta piñones llevaba. Todo cabía en aquella paella. Sabía a gloria. Y de postre sandía, que previamente habíamos puesto al fresco, en un pequeño charco a la sombra. En aquellos tiempos, todo un lujo. 

Durante la comida, hablábamos del pueblo, de los vecinos, de la familia, de los colegios, del trabajo de mi padre, que era fundidor de metales, y de mi madre, que cosía para varias familias. Y siempre en positivo. No teníamos mucho, pero si lo suficiente para comer, estar juntos y sobrevivir. Éramos felices. Muy felices. Que grandes recuerdos de aquellos días. 

En cambio, en mi familia siempre se evitaba cualquier conversación que tuviese que ver con la guerra civil y con la dictadura del General Franco, por no molestar al abuelo. Mi abuela Amalia sacó, sin darse cuenta (o no), el tema de que mañana era 18 de julio, y mi padre “cambió el tercio” de inmediato. Máximo respeto para el abuelo Venancio. 

El 18 de julio era un día aciago para él. Siempre se sintió socialista, y después de la guerra, le metieron en la cárcel por sus ideas, y le quitaron su patrimonio. 

Una mañana (tendría yo unos 18 años), me despertó muy temprano, y me dijo que quería hablar conmigo y que le acompañase a la fuente del Venero, porque notaba que estaba perdiendo la memoria y la lucidez y, antes de morir, quería contarle a alguien de su confianza, todo lo que pasó en aquellos duros años. 

Me contó que le apresaron por la denuncia de algunos familiares y vecinos, y que pasó muchos años encarcelado. También me contó que estuvieron a punto de fusilarle en Madrid y, en el último momento, le salvó la vida un soldado que, casualmente, era vecino de El Hoyo, al que le había tocado luchar en el bando nacional. Le reconoció y le sacó del camión. 

Me hizo jurar que, mientras que el viviese, nunca hablaría de esto con nadie. Y así lo he hecho, hasta hoy, 50 años después. Tomé muchas notas, y aún las guardo. Quizás algún día, me ponga con ello y lo escriba, aunque hace falta ánimo, porque es una larga historia, triste y dura. Además, siempre mantendré la duda de si su relato era cien por cien real, o ya formaba parte de una incipiente perdida de lucidez. 

Volviendo de nuevo al día de la paella (que me voy por los cerros de Úbeda), después de comer, tocaba siesta y digestión. Las consabidas dos horas de reposo. Y luego, baños, pesca y paseos. Cada uno por su lado. Mi padre se tiraba desde la piedra de las Golondrinas, y se quedaba un rato debajo del agua para hacernos sufrir. Que mamón. 

Mi hermano se metió otro baño en el barreño, bajo la supervisión de la abuela Amalia, y yo, junto al abuelo Venancio, me dediqué a sacar peces, que poníamos en un junco, como si fuesen churros. Pescamos tantos, que mi madre los freía al día siguiente, para que mi padre se los llevase en una tartera, para comérselos en Madrid. Antes de anochecer, vuelta a casa, buscando ese punto en el que el sol deja de calentar, pero todavía hay luz. Una luz mágica que se filtraba entre los pinos, y que era el colofón de un gran día. De un día perfecto. 

La vuelta siempre significaba una mezcla de sensaciones. Felices por un gran día en familia, y tristes porque se acababa. 

Por el camino comentábamos que tendríamos que probar algún año a quedarnos a pasar la noche en el rio, a ver si nos gustaba. Pero mi madre siempre decía que ni hablar. Primero, porque le daban miedo los bichos, y después, porque decía que ya había pasado demasiadas noches al raso, y no quería pasar ni una más. Además mi padre necesitaba descansar, porque tenía que regresar a Madrid. 

Después de una larga caminata, cada vez con menos luz, quedaba la bajada por la cuesta de la Revoltosa, que era apoteósica. Que peligro, que mal rato, pero que risas cada vez que había una culada. Y siempre había varias. Recuerdo a mi abuelo diciéndome: no bajes por ahí, que es una eslizandera. Y zas. Cuando llegábamos a casa no podíamos ni con el alma. Siempre llegábamos rendidos. Vaso de leche (cuando había), y a la cama. Fin del día y de la historia. 

P.D. Esta historia es absolutamente real, y recoge recuerdos y momentos de varios años. Tanto las personas como los hechos narrados, han existido y han sucedido. Es una de las historias de mi familia en El Hoyo de Pinares, pero podría ser la historia de muchas familias de nuestro pueblo, en aquellos años.

Nota final. Después de lo sucedido en las últimas semanas, se me saltan las lágrimas al recordar aquellos paisajes, aquel río, aquel bosque, aquel sitio. Estoy seguro de que superaremos esta desgracia, y las generaciones futuras volverán a disfrutar de una naturaleza esplendida en nuestro querido El Hoyo de Pinares. Ánimo, paisanos. 

Jorge Margüenda Pérez

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Fuente  | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2022. 

Ilustraciones : fotografías propiedad del autor: los padres del autor, Basi y Jorge, en la calle del Pez; su abuelo Venancio; la pandilla de la calle del Pez; su familia: con sus padres, su abuelo y su hermano Roberto; su abuela Amalia, su hermano y él en un charco de Fuentelpino; con su padre y su hermano; con su madre, su abuelo y su hermano.   

Hoyancos en el Valle de los Caídos

EL PRIMER MUERTO EN LAS OBRAS DE CUELGAMUROS FUE EL BARRENERO ALBERTO PÉREZ ALONSO, NATURAL DE EL HOYO DE PINARES

Aunque la pandemia lo haya dejado muy atrás en la memoria, sin duda recordarán que en 2019 asistimos a una intensa polémica por la exhumación de los restos de Francisco Franco. En aquel contexto, mi hermana me envió un fragmento de un documental emitido por Telemadrid el 15 de febrero. En la escena aparecía un octogenario, Fernando Taguas, del que más tarde sabría que llegó con sólo siete años de edad al Valle de los Caídos, donde trabajaba su padre, y que él mismo estuvo luego empleado allí como cantero largo tiempo. Al referirse a los accidentes mortales acaecidos en las obras, afirmaba, para mi sorpresa: “El primero que me consta a mí que murió en el Valle era de El Hoyo de Pinares”.

El documental no contenía más referencias al suceso y ni Tere ni yo habíamos oído hablar jamás a nadie del pueblo de ese hecho, ni siquiera teníamos noticia de la presencia de hoyancos en la construcción del conjunto monumental. Tan solo ese dato.

El nombre de ese primer accidentado y de su viuda los encontraría, algunos meses después, en el libro Los presos del Valle de los Caídos, del que es autor el historiador Alberto Bárcena Pérez. Ahí comenzaron mis indagaciones para dar con descendientes de aquel matrimonio y poder conocer sus recuerdos. Así fue como contacté con una parte de sus nietos, la familia Pérez Camacho, y pude por fin conversar con uno de ellos, Alberto.

El primer fallecido en las obras del Valle, Alberto Pérez Alonso, había nacido en El Hoyo de Pinares y era hijo único. Contrajo matrimonio con Jerónima Díaz Organista, también natural de nuestra villa, quien era hija de Tomás Díaz, conocido en la localidad como Chelva, apodo que aún perdura.

Alberto se marchó a trabajar a las obras del Valle de los Caídos como barrenero, en la excavación de la basílica y la cripta, empleado por una de las empresas adjudicatarias de las obras.

La decisión de construir este monumento fue del propio Franco, quien eligió su ubicación junto con el General Moscardó. El decreto de 1 de abril de 1940 dispuso que “con objeto de perpetuar la memoria de los que cayeron en nuestra gloriosa Cruzada, se elige como lugar de su reposo, donde se alcen Basílica, Monasterio y Cuartel de Juventudes, la finca situada en las vertientes de la Sierra del Guadarrama, término de El Escorial, conocida hasta hoy con el nombre de Cuelga-muros, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias al efecto…”. La terminología utilizada parecía apuntar a que el futuro monumento sería un tributo sólo a los muertos del bando vencedor. Pero las obras se prolongaron en el tiempo y, diecisiete años más tarde, finalizada la guerra mundial con la derrota del Eje y producido el acercamiento entre el régimen de Franco y los Estados Unidos, se había suavizado notablemente aquel discurso del período inmediatamente posterior al fin de la guerra. El decreto de 23 de agosto de 1957 habla ya de que “los lustros de paz que han seguido a la Victoria han visto el desarrollo de una política guiada por el más elevado sentido de unidad y hermandad entre los españoles. Éste ha de ser, en consecuencia, el Monumento a todos los Caídos, sobre cuyo sacrificio triunfen los brazos pacificadores de la Cruz”, por lo que finalmente el complejo albergaría muertos de ambos bandos, aunque ciertamente bajo la simbología política y religiosa del régimen surgido de la contienda.

Las obras fueron dirigidas inicialmente por el arquitecto Pedro Muguruza, sustituido a su fallecimiento por Diego Méndez. Se prolongaron desde 1940 hasta 1958 y consistieron en la construcción de una gran basílica excavada en el Risco de la Nava, una cruz monumental de 150 metros de altura y una abadía en la parte posterior, que fue destinada a la comunidad benedictina.

Erigido el complejo monumental, se dio orden de traslado al mismo de los restos de caídos de los dos bandos de la guerra civil, que fueron llegando en los años posteriores hasta alcanzar una cifra superior a los treinta mil. Es comprensible que las familias no quisieran alejar a sus deudos de sus lugares de origen, por lo que se han puesto de manifiesto traslados masivos sin consentimientos expresos. Cuando, en 1975, se decidió enterrar en la basílica al recién fallecido dictador -que no era víctima de la guerra civil- se cerró el círculo de una complicada situación para el futuro. Pero no es el objetivo de este artículo opinar sobre el controvertido monumento ni sobre el destino que haya de darse al mismo, pues ni me corresponde a mí hacerlo ni el programa de las fiestas de San Miguel -motivo de unión entre los hoyancos y muchos visitantes cada año- es el ámbito más adecuado para albergar tal polémica. Se trata solamente de rescatar un desconocido episodio de nuestra historia local, aunque necesariamente haya de ser ubicado en su contexto.

En las obras prestaron servicio trabajadores contratados por las empresas a las que se encomendaron las distintas fases. Pero, para avanzar con mayor rapidez, tres años después empezaron a llegar también presos que, a lo largo de todo el proceso, pudieron alcanzar una cifra en torno a 2.500, según los estudios más fundamentados. Se les abonaba el mismo salario que a los obreros libres -con descuento de su manutención- y reducían penas, entre dos y seis días de condena por cada jornada de trabajo, en función del comportamiento, por lo que no fueron pocos los reclusos que solicitaron ir a las obras, a pesar de la dureza de las condiciones de trabajo, para así acortar sus años en prisión. Una vez cumplida su pena, no resultó infrecuente que pidieran quedarse trabajando allí, ya como empleados libres.

Como el lugar de trabajo estaba ubicado en la Sierra de Guadarrama, aislado de núcleos poblacionales y sin transporte público, las empresas desplazaban a sus trabajadores en vehículos desde determinados puntos de origen. Pronto se habilitaron barracones de madera con tejados de zinc para que algunas familias pudieran quedarse a vivir en las inmediaciones. Otras improvisaron -como ya estaba pasando en los suburbios de las ciudades- chabolas incontroladas, que más adelante serían derruidas. Finalmente se construyeron cuatro poblados obreros, con casas de piedra, un conjunto dotado incluso de un pequeño “hospital”, escuela, iglesia y economato. Uno de esos poblados se conservó tras la terminación de las obras, con viviendas ocupadas principalmente por trabajadores de Patrimonio Nacional, y ha llegado hasta nuestros días.

El primer accidente mortal al que nos hemos referido, del que fue víctima nuestro paisano, tuvo lugar el 5 de enero de 1948, ocho años después de que se iniciase la ejecución de las obras de construcción. El total de muertos ascendió a 14 durante los 19 años que duraron las obras, según afirmaba el propio hijo mayor de ese primer fallecido, Federico Pérez, cifra que coincide exactamente con el muy cualificado testimonio del médico del poblado -que recoge Bárcena en su obra-, el Doctor Ángel Lausín. Lausín había pertenecido al cuerpo de Sanidad del ejército republicano y llegó a Cuelgamuros como preso en 1943, pero se quedó luego como trabajador libre, ejerciendo allí como médico hasta 1962. Pablo Linares, nieto de uno de los trabajadores del Valle y autor de una obra sobre el tema, afirma que fueron 15 los trabajadores muertos, entre libres y penados. Por su parte, el practicante, Luis Orejas -quien también estuvo integrado en el bando republicano y redimía condena en el Valle- eleva la cifra a un total de 18 víctimas mortales.

En un testimonio recogido por Santiago Cantera, actual abad de la comunidad benedictina del Valle, Fernando Taguas -el mismo que intervenía en el documental de Telemadrid- recordaba algunos detalles del accidente de Alberto: “Fue un 5 de enero, justo donde está ahora el coro de la Basílica. Al capataz se le olvidó el carburo y le mandó a él que lo recogiera y, cuando estaba recogiéndolo, se le cayó encima un trozo grande de roca. Mi hermano Paco con otros, tuvieron que trocear el bloque que cayó, para poder sacarlo”.

Fede, el hijo de Alberto, al evocar su infancia, aseguraba que el día de Reyes nunca más volvió a ser una fecha alegre en su casa ni para su familia.

Alberto dejó viuda y cinco hijos, más otro en camino, pues Jerónima estaba embarazada. El mayor, Federico, tenía 13 años en el momento en que quedó huérfano. Sus hermanos eran José (familiarmente conocido como Pepe), Margarita (Marga), Luis y Pedro. Después nacería el hijo póstumo, al que pusieron el nombre de su padre, Alberto.

La familia habitaba una vivienda de los poblados obreros de Cuelgamuros. Jerónima, la viuda de Alberto, trabajó como cocinera en el Comedor del Economato que se habilitó.

Los hijos iban a la escuela del poblado. Fede recordaba que su maestro había sido Gonzalo de Córdoba. Una vez más es el historiador Alberto Bárcena quién nos proporciona información sobre quién era ese docente: tras una intensa actividad política previa, Córdoba había pertenecido al ejército republicano durante la guerra. Terminada la misma, fue procesado: algunos testimonios se hacían eco de su activismo político pero afirmaban que no había participado directamente en ningún crimen de sangre, mientras que otros sí lo acusaban de haber dirigido una checa. En marzo de 1942 fue condenado a muerte, pero en junio el Jefe del Estado conmutó su pena por la de treinta años de reclusión. Pasó por las prisiones de Porlier y Carabanchel, hasta que pudo ir a Cuelgamuros, donde vivió con su mujer y cinco hijos y redimió condena con su trabajo de maestro. Impartió en los poblados la enseñanza primaria obligatoria a los niños entre seis y catorce años e incluso prestó apoyo docente a quienes se matriculaban por libre en el Bachillerato en Madrid, de cuyos buenos resultados se mostraba orgulloso. Cuando alcanzó la libertad, decidió continuar en el mismo lugar ejerciendo como maestro.

Otros miembros de la familia política del fallecido, varios hermanos de Jerónima, fueron también a trabajar y vivir en Cuelgamuros. Por ejemplo, Jesús Díaz Organista fue empleado allí por la empresa San Román, adjudicataria de la cripta y de otras obras del complejo. Y consta que la menor, Andrea Díaz Organista, contrajo matrimonio en la propia iglesia existente en los poblados con Pablo Villena Dueñas, un obrero de la empresa Huarte que entonces tenía 23 años de edad y que contaba con una hija de cinco años. Bárcena reproduce en su tesis doctoral un fragmento de la instancia en la que solicitan una vivienda del poblado al regidor, Faustino de la Banda, documento cuyo original se conserva en los archivos de Patrimonio Nacional: “(…) Que teniendo necesidad de una vivienda por contraer matrimonio con su prometida, Andrea Díaz Organista (…) en la actualidad en Cuelgamuros, el día 20 de Enero de 1952…”. El uso de la vivienda le fue concedido y allí pasaron a residir los recién casados con la niña.

Por su parte, Federico, el primogénito de la primera víctima mortal de las obras, comenzó también a trabajar muy pronto como cantero en las mismas. Ya mayor, recordaba su participación en los grupos escultóricos, donde había tenido ocasión de tratar con Juan de Ávalos, el artista de ideología socialista a cuya autoría se deben la Piedad que preside la entrada de la basílica y las figuras de los cuatro Evangelistas que están en la base de la imponente cruz.

Federico contaba cómo en su juventud a veces se iban desde el poblado de Cuelgamuros a las fiestas de los pueblos cercanos, aprovechando los camiones que transportaban a los obreros de la empresa Huarte.

En el Valle de los Caídos desarrolló su actividad laboral hasta la práctica finalización de las obras, dedicándose el resto de su vida laboral a la profesión de solador, según me cuenta su hijo Alberto.

Jerónima pasó entonces a vivir en la madrileña barriada de Fuencarral. Algunos trabajadores de las obras del Valle -tanto libres como penados-, accedieron a viviendas de protección oficial, la mayoría en régimen de lo que hoy llamaríamos “alquiler social” aunque luego se facilitaron opciones de compra. El historiador Alberto Bárcena, en su tesis doctoral y en su posterior libro, reproduce precisamente la carta conservada en los archivos de Patrimonio Nacional en los que Jere -como se la conocía familiarmente- se dirigía al arquitecto director de las obras, Diego Méndez, pidiendo que le facilitasen una vivienda cuando terminaran las obras, “ya que de no encontrarla me vería en la calle con mis hijos”. En su misiva explica que es “la viuda de Alberto Pérez Alonso, que trabajaba como barrenero en la cripta y en ella murió a consecuencia de accidente de trabajo” y recuerda que “quedé con seis hijos todos pequeños, ya que el mayor tiene ahora 17 años, y actualmente trabajo de cocinera en el comedor del Economato Obrero del Valle…”. Según su nieto Alberto, posiblemente alguna otra persona le ayudó redactándolas entonces, porque recuerda cómo, siendo ya mayor, contaba con orgullo que estaba aprendiendo entonces a escribir.

Jere murió hace algo más de veinte años. La trasladaron desde Madrid al cementerio de El Escorial, para que sus restos reposaran junto a los de su esposo, que recibió sepultura allí tras el trágico accidente que le costó la vida en el Valle. En el mismo nicho también está enterrado el menor de los hijos del matrimonio, Alberto.

Una buena parte de los descendientes de Alberto Pérez y Jerónima Díaz nunca perdió su contacto con El Hoyo de Pinares. Uno de los hijos, Pepe, tiene aún hoy aquí su segunda residencia, en la zona de La Perdiguera. Por su parte, Fede y su esposa Florencia también han tenido viviendas aquí, primero en alquiler, luego ya en propiedad en la calle La Piedra.

Federico Pérez Díaz era muy conocido y apreciado en el pueblo, donde mantuvo estrechas amistades. Hace tres años falleció en el hospital de Ávila y recibió sepultura precisamente en el Cementerio Municipal de El Hoyo de Pinares.

Yo le conocí personalmente pero, hasta que conversé con su hijo Alberto hace muy poco, nada supe de todas estas vivencias: las de aquel adolescente que quedó huérfano trágicamente en las obras del Valle de los Caídos y que se empleó como cantero, mientras su madre trabajaba como cocinera para sacar adelante en solitario a seis hijos. Nunca pude siquiera sospechar que aquel hombre agradable, con el que me encontraba alguna vez tomando un vino por el pueblo, a menudo acompañado por su amigo y vecino Juan Tabasco (Veguilla), había participado activamente en levantar el impresionante grupo escultórico de los Evangelistas de Ávalos, bajo la cruz que corona el risco de la Nava. Era, como tantos otros hoyancos de su generación, historia viva, de la que ya se nos va escapando.

Carlos Javier Galán 


Fuentes consultadas:  
- Testimonio de Alberto Pérez Camacho (nieto de Alberto Pérez Alonso y Jerónima Díaz Organista). 
- Alberto Bárcena Pérez. Tesis doctoral La redención de penas en el Valle de los Caídos. Repositorio institucional de la Fundación San Pablo CEU. Curso académico 2011-12. 
- Alberto Bárcena Pérez, Los presos del Valle de los Caídos (Ed. San Román, 2015). 
- José María Calleja, El Valle de los Caídos (Ed. Espasa Calpe, 2009). 
- Isaías Lafuente, Esclavos por la Patria (Ed. Temas de Hoy, 2002). 
- Daniel Sueiro, La verdadera historia del Valle de los Caídos. La cripta franquista (Ed. Tebar Flores, 2019, reedición de obra de 1976). 
- Documental Franco, último capítulo, dirigido por Maribel Sánchez Maroto (Producido por Telemadrid y Newtral).

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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2021.

Ilustraciones | Dibujo de la construcción de la cruz, publicidad de Construcciones Huarte;  fotofrafía de Alberto Pérez Alonso, cedida por su familia; obreros en las obras del Valle; excavación de la cripta; el escultor Juan de Ávalos junto a la cabeza de San Juan Evangelista; y montaje de las esculturas de los Evangelistas.