Julián Gómez, los acordes de un pueblo

50º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE UN MAESTRO DE LA MÚSICA TRADICIONAL HOYANCA  

El último domingo de mayo de 1976, mientras El Hoyo de Pinares celebraba su Romería -que había estrenado poco antes su nueva fecha y emplazamiento en El Fresne-, una noticia triste corrió entre los vecinos: había fallecido, a los 70 años de edad, Julián Gómez Villaseñor. Para los hoyancos era, sencillamente, Julián «Braulio», el apodo familiar que aludía a su padre. Medio siglo después, queremos recuperar su memoria, ligada a una de las expresiones más vivas de nuestra identidad local: la música de cuerda, las rondas, las jotas, las seguidillas y ese repertorio transmitido de generación en generación que constituye el folklore de nuestra villa. 

HOYANCO ADOPTIVO

Julián había llegado a El Hoyo de Pinares siendo niño, junto con su familia. Sus padres, Braulio Gómez Martín, propietario agrícola, y Rufina Villaseñor Donaire, maestra de escuela, procedían de Medina del Campo (Valladolid), donde habían nacido sus tres hijos: Julián y sus hermanas Josefa (Pepa, que también estudió Magisterio y se casó con José Herranz, el farmacéutico) y Tomasa. El destino profesional de Rufina trajo a la familia hasta nuestra localidad, que acabaría convirtiéndose en el lugar donde Julián formó su hogar, desarrolló su vida y dejó una huella duradera. 

Aquí se casó con Julia Navas y tuvieron seis hijos: Ignacio (maestro, casado con Catalina, también profesora), Rufina, José (Pepe, casado con Rosita, y que durante muchos años atendió como auxiliar la farmacia de El Hoyo), Braulio, Julia y María Isabel. De ellos, hoy solo vive Braulio, guardián de buena parte de los recuerdos que aquí compartimos. 

A los seis se sumarían 21 nietos, todos muy queridos por su abuelo. En la memoria familiar sobreviven escenas sencillas y entrañables: las salidas al campo con el burro para recoger piñas, las visitas a las viñas y los olivares, o el pisado de la uva en la bodega. Sus nietos eran pequeños cuando murió, pero conservan de él una imagen afectuosa y cercana. En cuanto alcanzaban cierta edad, solía regalarles también lo más preciado para él: instrumentos de cuerda, con la intención de enseñarles después a tocarlos. Con algunos, le dio tiempo; con los más pequeños, su fallecimiento truncó la promesa. 

Hombre culto y lector incansable, entre las muchas facetas de su vida también gestionó durante los años 50 el cine en el Salón de las Marines, en la Puerta del Sol (donde hoy se ubica el autoservicio Covirán). Su hijo Ignacio pintaba los carteles anunciadores de las películas, una actividad que después continuaría en los cines Callao de Madrid. Gestionaba, además, las tierras heredadas de su padre y comerciaba con su fruto: hacía vino y vinagre que cambiaba por trigo, para asegurarse en casa un buen pan. 

ENSEÑANZA MUSICAL

Pero sin duda el ámbito en el que Julián «Braulio» dejó una impronta singular fue el de la música. Su aprendizaje fue autodidacta. Tenía habilidad, constancia y, según recuerdan sus nietos, un oído privilegiado: era capaz de afinar los instrumentos de cuerda sin recurrir a ninguna referencia externa. Los dominaba casi todos y enseñaba guitarra, bandurria, laúd y mandolina, convirtiendo ese don en una generosa vocación de enseñanza. 

Julián no concebía la música como una destreza reservada para unos pocos. Enseñó a cuantos jóvenes quisieron aprender, y lo hizo además con una atención poco común a las necesidades de cada alumno. 

Las clases se impartían en las antiguas Escuelas, que albergaban entonces la Escuela de la Madera y se alzaban en el solar que ocupa actualmente el Centro Cultural Miguel Delibes. Chuchi, uno de aquellos discípulos, me explica que el maestro adaptaba su método a cada muchacho o muchacha: a unos les enseñaba mediante partituras de solfeo; a otros, con las notas escritas tal cual con letras -do, re, mi…-; y a algunos, directamente los distintos acordes, con las posiciones de las manos y aplicando el oído. Esa forma de enseñar a medida revela algo más profundo que el dominio de una técnica: sabía que no todos aprendían igual y buscaba el camino que permitiera a cada persona entrar en la música. 

Primero llegaba el dominio del instrumento; más tarde, el repertorio. Cuando sus alumnos comenzaban a desenvolverse con la cuerda, les enseñaba las canciones tradicionales de El Hoyo de Pinares: jotas, seguidillas, rondas y otras composiciones populares. Así, la enseñanza musical se convertía también en una forma de conservar la memoria colectiva. 

Otro alumno, Ina, recuerda las tardes de clase de guitarra junto a su hermano Armando, estrechamente unido a Julián, y me cuenta la anécdota de que, al terminar, el maestro les hacía huevos de pato en la lumbre. El detalle, aparentemente menor, dice mucho de aquellas clases: no eran solo una transmisión de conocimientos, sino un lugar de convivencia, confianza y afecto. En la memoria de quienes aprendieron con él, la música aparece inseparable de esa hospitalidad doméstica y de una relación intergeneracional que resulta especialmente valiosa. 

LAS RONDALLAS Y LA BANDA DE MÚSICA 

En las agrupaciones musicales de su tiempo, Julián participó activamente. Formó parte de las rondallas que acompañaban a los novios la víspera de la boda y el mismo día de la celebración, tocando la guitarra, junto a Elías Santamaría al violín y otros guitarristas. La música no era entonces un simple acompañamiento: marcaba los momentos importantes de la comunidad, daba solemnidad a las celebraciones y convertía las calles en escenario compartido de la tradición. 

También perteneció a la antigua Banda de Música de El Hoyo de Pinares, dirigida por Elías Santamaría a finales de los años 40 y durante los 50, donde cambiaba circunstancialmente la cuerda por la percusión. 

Los ensayos de la rondalla y de la banda a menudo se realizaban en el patio trasero de la casa de la plaza de la Argentina donde vivía Julián. Allí, a la sombra de la vieja morera, se desarrolló durante años ese pequeño foco de actividad artística. 

Antonio Ropa recuerda en su libro El triunfo de una vocación (dedicado al XX aniversario de la actual Escuela de Música y la Banda, pero con un amplio apartado de antecedentes históricos) cómo un intento de que «siguiera viva la llama de la música tuvo como protagonista a Julián Gómez Villaseñor, persona amante de este bello arte, quien organizó un grupo de instrumentos de cuerda, guitarras, bandurrias y laudes, compuesto por unos 40 chicos y chicas jóvenes, a los que enseñó a tocar. Con sus intervenciones animaban tardes de veranos y fiestas». Así se llevaba al espacio público lo que había comenzado en aquellas clases. 

Ropa subraya que «por primera vez, en la historia de Hoyo, la mujer formó parte de este tipo de grupos o bandas interpretando un instrumento musical; hasta ese momento, su participación siempre se había limitado a cantar o bailar». No es un dato menor: Julián contribuyó, desde la práctica cotidiana y sin grandes discursos, a abrir un espacio nuevo de participación para las mujeres jóvenes del pueblo. 

EL LEGADO

Su legado no terminó con su muerte. Teresa Galán, en un artículo publicado en El Diario de Ávila el 24 de septiembre de 1986 sobre el Grupo Folklórico Virgen de Navaserrada, consideraba «inevitable» citar a Julián Gómez al hablar de «la recuperación del folklore musical hoyanco» y señalaba que algunos de sus discípulos se encontraban entre los impulsores de aquel grupo, que entonces estaba muy activo y acababa de grabar un casete con la música tradicional del pueblo. La cadena resulta clara: Julián enseñó a una generación, y parte de la misma mantuvo la afición y ayudó después a recuperar, interpretar y difundir el repertorio tradicional. 

Cincuenta años después de su fallecimiento, recordar a Julián «Braulio» no es solamente rendir homenaje a un vecino querido. Es reconocer el valor de quienes, desde la discreción y la constancia, sostienen una cultura común. No dejó una academia ni una institución formal; dejó algo más difícil de medir pero igualmente perdurable: personas que aprendieron a tocar, cantos populares que siguen sonando hoy mismo y una forma de entender la música como patrimonio compartido. 

«Hoyo de Pinares es un pueblo que canta -escribió hace años el cebrereño Hermenegildo Martín Borro-. Y donde suenan guitarras, bandurrias, laúdes y cantares, existe la felicidad». Si al recordado Poeta de la Hispanidad le asistía la razón, una parte de esa felicidad se la debemos, sin duda, a Julián Gómez Villaseñor. Durante largos años, en el caserón de las viejas Escuelas o bajo la morera de su propia casa, enseñó pacientemente a las nuevas generaciones a pulsar las cuerdas de aquellos instrumentos y, con ellas, a reconocer la riqueza cultural de la música tradicional hoyanca. Hoy, medio siglo después de su marcha, aquellos acordes que Julián transmitía todavía pertenecen al pueblo. 

Carlos Javier Galán 
Cronista Oficial de la Villa 

Fuentes: 
 - Testimonios orales de: Braulio Gómez Villaseñor; Rosa Galán Ayuso; Clara, Marta, Ana, Nacho, Paco y M. Teresa Gómez Trapero; Lola, Tito, Rocío, Isabel y Fernando Calvo Gómez; Rosa, Pepa, Mercedes y Gabriel Gómez Galán; Luisa y Braulio Gómez Fortes; José M., Joaquín y Lola Pérez Gómez; Ricardo Rodríguez Gómez; Jesús Fernández Fernández; Ignacio Miguel Roda. 
- Ropa Mañas, Antonio J. El triunfo de una vocación. Asociación Escuela Municipal de Música de El Hoyo de Pinares, 2008. 
- Galán Gutiérrez, Teresa. El Grupo Folklórico Virgen de Navaserrada ha recuperado y difunde el folklore de Hoyo. El Diario de Ávila, 24 de septiembre de 1986. 
- Martín Borro, Hermenegildo. Por San Miguel es fiesta en Hoyo de Pinares. El Diario de Ávila, 2 de octubre de 1968. 
- Esquela en El Diario de Ávila de 31 de mayo de 1976.

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Ilustraciones | Dibujo de Julián Gómez tocando la guitarra, hecha por Chat GPT sobre una fotografía real, con prompts del autor. Imágenes de Julián Gómez con su familia y de Julián Gómez en primer plano, facilitadas por sus familiares.