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Maestros que dejaron huella

Decía Nelson Mandela que la educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo. También, añado yo, a más pequeño nivel, para cambiar los pueblos. 

El Ayuntamiento publica con frecuencia en sus redes lo que llama #TalentoHoyanco, personas de nuestra localidad que destacan en distintas facetas personales o profesionales. Estoy seguro de que existe muchísimo más talento oculto, que tal vez solo conocen las personas más cercanas, de gente que brilla hoy en numerosos quehaceres. 

El crecimiento formativo y cultural que, generación tras generación, se ha ido experimentando en El Hoyo de Pinares no hubiera sido posible sin muchas circunstancias y sin algunas contribuciones imprescindibles. Por supuesto, sin los cambios sociales que se han producido a nivel global. Por descontado también, sin el mérito de los propios interesados que han desarrollado esas trayectorias dignas de elogio. 

Pero no sería justo dejar de lado dos factores que han contribuido de forma importante. El primero, que nunca debemos olvidar, es el sacrificio y el esfuerzo de quienes los precedieron: los padres y madres que quisieron para sus hijos las oportunidades que ellos no habían podido tener. 

Y el segundo, sin duda, la labor de los docentes. Esos maestros que dejaron huella y a los que este año queremos recordar en nuestras Fiestas. 

Cuando la Escuela quedó atrás hace tiempo, descubrimos que nuestras aficiones e incluso nuestras vocaciones tienen a menudo un nombre propio. Años más tarde, cuando disfrutamos con la música o con la literatura, cuando amamos la naturaleza, cuando nos interesa la ciencia, la historia o la informática, cuando practicamos la fotografía, cuando tenemos afición al deporte…, somos capaces de reconocer detrás al maestro o la maestra que nos inculcó por vez primera esa inquietud, que nació en nuestra etapa escolar, a veces incluso de forma desapercibida. 

Repite acertadamente Ever Garrison que un maestro es una brújula que activa los imanes de la curiosidad, el conocimiento y la sabiduría en sus alumnos. Es como una semilla que no se ve en el momento, pero que germina con el tiempo. 

La Escuela no solo nos proporciona conocimientos -de hecho, muchos de esos datos sabemos que se nos acabarán olvidando- sino que debe aportar algo más: una ambición por saber, una conciencia del valor del conocimiento, un espíritu crítico que es cada vez más necesario ante las facilidades tecnológicas de manipulación y la avalancha de información, donde resulta difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Hoy ya no tenemos que recurrir a los pesados tomos de la Espasa o la Larousse para consultar datos, porque pulsando apenas una tecla tenemos acceso a una cantidad inmensa de ellos. Pero las herramientas personales, para saber cómo buscar en internet o cómo preguntar a la inteligencia artificial, para manejar luego esa información, para asimilarla, para ser capaces de relacionar conceptos, de descubrir constantes, de dotar de sentido a todo lo que nos llega, no te las da ninguna máquina. Las adquirimos nosotros y, en ese proceso, los maestros son figuras me atrevería a decir que cada vez más importantes. 

Tampoco se aprenden a golpe de click otras cosas, como los valores o la experiencia práctica. El compañerismo, la ética, el esfuerzo, la superación, el trabajo en equipo, la convivencia con la persona que es diferente a nosotros…, nada de eso lo encontraremos en Google ni en Chat GPT. 

Creo que todos recordamos con cariño los años pasados en las Antiguas Escuelas o en el nuevo edificio del Colegio de abajo. Pero lo más importante es lo que allí se sembró en nosotros. 

Las distintas generaciones hemos ido conociendo a docentes vocacionales que se han relevado en las aulas de El Hoyo de Pinares. No quiero mencionar en este texto a ninguno, tampoco a los que yo recuerdo con mayor gratitud y afecto, porque sería injusto con los que dejase sin citar, como aquellos otros de épocas que yo ya no he conocido de forma directa. 

Los docentes de los años setenta, los de mi etapa escolar, fueron los maestros de la transición, los que nos hicieron apreciar el valor de la convivencia plural, los que nos enseñaron a caminar por unas libertades recién estrenadas. Los docentes de los ochenta y los noventa hicieron su labor de preparar a niños y niñas para una sociedad en constante proceso de cambio. Los del siglo XXI, han tenido que orientar a las generaciones más recientes en un mundo ya digital, donde las tecnologías de la información y la comunicación han cobrado un protagonismo antes inimaginable. 

Queremos recordar a todos los que, a lo largo de los años, pusieron su esfuerzo, su vocación, al servicio de la enseñanza en El Hoyo de Pinares. A quienes desempeñaron su profesión con cariño y con entrega y han dejado en el pueblo un recuerdo imborrable. Especialmente a quienes se implicaron en hacer algo más de lo obligatorio, quienes sabían que también se educa fuera del aula -en el patio, en las pistas deportivas, en las calles…-, a quienes se mojaron socialmente, interactuaron con las familias, acompañaron en esos viajes y excursiones que nunca se olvidan, impulsaron medios de comunicación de nuestra comunidad educativa (nosotros siempre recordamos El Escolar de mi época o más tarde aquella querida Radio Piñón, pero luego vinieron otros), organizaron jornadas culturales o promovieron actividades de lo más diverso. 

El Ayuntamiento ha querido que, en la víspera de nuestras Fiestas de San Miguel, el pregón de apertura sirva de esta ocasión para que todo un pueblo homenajee a sus educadores. Para que sus distintas generaciones los recuerden y les expresen gratitud. Se me ocurren pocos gestos más acertados, más hermosos, más justos. Allí estaremos. 

Carlos Javier Galán

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Fuente | Publicado en el Programa de Fiestas San Miguel, septiembre 2025.

Ilustraciones |  Viaje escolar con D. Pedro, fotografía cedida por Matilde Martín para el libro El Hoyo de Pinares: Imágenes del Ayer de Carlos Javier Galán; alumnos de los años setenta con D. Manuel, compartida en el grupo de quintos de 1966; viaje escolar con D. Félix y alumnos años 90, cedidas por Félix González.  

Don Manuel

Hay personas que forman parte de tu paisaje vital de tal forma que crees que nunca dejarán de estar. La noticia de la muerte de Manuel Tabasco me sorprendió a muchos kilómetros de mi pueblo y me invadió la incredulidad y una profunda tristeza. La de decir adiós desde la distancia al maestro y al amigo, a tantos años de vivencias y de complicidades. 

Cierro los ojos y recuerdo cuando de niños caricaturizábamos a D. Manuel y su Vespa y le arrancábamos su sonrisa con aquellos artículos gamberros publicados en el periódico del colegio. Lo veo enseñándome pacientemente cómo revelar fotografías en blanco y negro en el cuarto oscuro que montó en su garaje. Regalándome ilusionado una botella de vino de su cosecha. Mostrándome los suplementos especiales del Diario de Ávila para las fiestas, que con tanto mimo preparaba. Encontrándomelo en la calle cuando ya se marchaba a casa, diciendo con alegría “hombre, mi amigo…” y dándose la vuelta sólo para tomar un vino juntos y conversar un rato. 

Ejerció como maestro durante décadas. Y de esa larga trayectoria, nada menos que 37 años los dedicó a la enseñanza precisamente en su pueblo, El Hoyo de Pinares. Vocacional y entregado, era innegable la satisfacción y el orgullo con que seguía luego los pasos y los éxitos de sus antiguos alumnos.

Ordenado y metódico, gustaba de una vida sencilla, casi como aquellos cuadernos de clara caligrafía con los que nos explicaba la geografía y la historia. Disfrutó de su trabajo, de sus aficiones –el campo, el aeromodelismo, la mecánica, el vino de pitarra, la fotografía…-, de su familia –adoraba a su mujer y sus hijas-, de su pueblo... 

En 1984 comenzó a ser corresponsal de Diario de Ávila. El periódico abulense había tenido esporádicamente colaboradores en nuestra localidad, algunos de brillante pluma, pero no había logrado nunca una verdadera continuidad en ese cometido. Con él lo consiguió. El Diario alcanzó mayor difusión local y se seguía con notable interés. El nombre de El Hoyo de Pinares comenzó a ser mucho más conocido en una provincia donde, sorprendentemente, se le había ignorado con frecuencia. Nos retrató y narró cumplidamente desde sus páginas más de treinta años de la vida de nuestro pueblo, incluyendo momentos históricos ya inolvidables. Deja el excepcional legado de un archivo gráfico y de textos sobre la vida local y merecerá la pena que su municipio y su periódico acometan el esfuerzo de una exposición conmemorativa que, además, sirva para rendirle homenaje. 

Frente a tantas personas expertas en escurrir el bulto, siempre se podía contar con él. Siempre. Para lo que se le pidiera. Todo lo que fuera bueno para la gente que quería, para la educación y la cultura, para su pueblo del alma, contaba de antemano con su colaboración entusiasta. 

Resultará difícil acostumbrarse a que no esté ahí, con su cámara, con sus ocurrencias, con sus singularidades, con ese afecto que nos fue repartiendo a los demás cada día durante toda su vida.

Carlos Javier Galán
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Fuente | Publicado en Diario de Ávila,  26 septiembre 2017.
Ilustración|  Fotografía de Manuel Tabasco, original de Lola Oritz, Diario de Ávila.